Ya no me mira. Se la pasa en su desbandada reposera con los partidos y no me percibe. Es como que no estoy. Se me escapa y no puedo conseguir que atienda mis intenciones. Vive en la reposera, pero por lo menos toma un poco de aire y sol y, mientras se sirve mates, me mira. Antes parecíamos uno. Será el encierro, digo yo. Será que le aburro. Me insinúo, me muevo, le paso por al lado y nada: o me mira de reojo o me sonríe con la misma gracia que cuando nos vimos por primera vez. Pero eso ya pasó y ni él ni yo estamos para volver el tiempo atrás. Creo que así no es parejo. Y él lo niega y lo niega. Y ojo, sabe. Sabe que soy su suerte. Antes se desvivía por mí. Yo no necesitaba hacer nada para que él se preocupara por mí, piense por mí y se adelantara a abrirme la puerta si salíamos de casa, a decirme todo con tono calmo. Yo lo admiraba: en la calle sentía que se le explotaba el orgullo de caminar conmigo. La gente nos miraba y yo tenía que distraerme para no pensar que también par...
Un poco de ficción en tiempos de pantallas.