Julio no era mal patrón, pero cada vez que le pedíamos un aumento, nos decía: “Les doy trabajo, comida ¿Qué más quieren?”, a lo que nosotros le respondíamos: “Pero no nos alcanza, Julio”. Y él seguía: “¿Qué más quieren? Les doy comida, los llevo y los traigo”. Al final, nos mandaba a negociar con Blanca, su esposa, y siempre nos volvíamos contentos. Julio se prendía con nosotros a la hora del mate, al mediodía hacía unas chuletas al disco o a la parrilla. Con él aprendimos el oficio de alambrar. Una tarde de verano, los mosquitos estaban en temporada alta y ni el humo con hojas de eucaliptos los espantaba. Julio tenía un frasco chico de repelente líquido, pero siempre escondido en la cabina de la camioneta. Esa tarde uno lo encontró y mientras el viejo se fue al monte a “bustear”, nosotros le gastamos todo el líquido. “¿Y ahora qué hacemos?”, pregunté. Liche sonrió, lo destapó y comenzó a mearlo. El frasco quedó al mismo nivel que cuando lo atacamos. Más tarde, Julio fue hasta la...
Las tranqueras funcionaban a modo de portales: cielo abierto, paz y campos verdes. La aventura en cada mano, entre boulevares grises y los pájaros vecinos, dio sonora bienvenida. Tramos poceados, barro y calores sin color, nos daban sed profunda bajo un sauce abrasador. Sombras y proyecciones de tonos descuidados, resplandor pesado con foco desfigurado. Sueltos los caballos, libre el toro, atento el tero, asaltado y rencoroso. En las horas de sol picante el agua de molino salvador y maquinal hacía fiesta en la llanura. Nidos de cotorras infinitos, enjambres y carabanchel que en lo alto proyectaron los sonidos salvajes. La calma llegó cuando la tarde cerró sus puertas y el aroma a campo en el cuello se nos pegó. Ni el fuego gordo con ramas sueltas espantó la curiosidad hasta que emprendimos el regreso. Las faltas nos harían volver y todo el barrio alegre quizá recuerde la tarde que llevamos agua pal calor.