Los problemas llegaron después. En la habitación y con parlantes de madera y una antena especial que sintonizaba Rock & Pop, el sol de los sábados a la mañana y de todos los días llegaba distinto. El mundo era analógico. Las cosas ocurrían, como ahora, al mismo tiempo, pero no había tantas antenas ni pantallas ni wi-fi. Entonces, el tiempo y el espacio corrían como sobre un carril que avanzaba, pero que se podía frenar/pensar y rebobinar y transcurría con la lógica del almanaque: ayer, hoy, mañana. El cambio de las percepciones se nos dio de modo paulatino, aunque sufrimos el impacto: aquel “antes” estaba ordenado y las acciones procuraban funcionar en distintos escalones. Las horas estaban partidas: había horarios (los del colegio, las siestas o no siestas, los de después de la cena con la televisión), todos juntos y como otros, al mismo tiempo; después dormir y así. Como el almanaque, esa realidad de clasificación y esperas se intercaló al espacio-tiempo, pero en sim...
Palabras inconclusas en el viento atroz, de los restos y sus finales. Las partidas en paz, las despedidas frías, contornos desdibujados, y la apariencia intacta. Las rectas sinuosas en el encuentro chato: sentimientos que se juegan, pero invalidan solicitar. Los pasos encontrados, las huellas perdidas en el camino bloqueado y los espejos falsos. Los modos de atravesar la senda imaginada, con el despertar concreto en el río y su orilla. Qué dijo el agua; cuánto corrió; para llegar al cauce que flota manso. Las piedras frenan, la hierba crece y se seca, concreta: espacio, humedal. El tiempo trota como en el camino: corre y salta y se escapa, oculto. Las bajadas van por sobre el nivel: curvas, meandros sobre manglares peinados. El final esperado que, sobre el lomo perdido de pájaros ahogados y peces saturados, viaja.