No él, no ella todos desconocemos: mañana se parte, porque ignoramos. Él calla, no ríe y ella lo nota y no pregunta, ni acota. El conflicto anuló cada sueño despierto; el aroma desconocido entretejió la desilusión. El corte, la rotura se adosaron sin más, mientras el sol gastó los rayos antes del descanso por fin. No él, no ella: nadie sabe la respuesta, vayan a buscarlo. ¿Para qué? (Ella) ¿Cómo? (Él) ¿Vamos? (los Dos). Ella no, rendida. Él tampoco, serio. Entonces quién, quién levantará su mano para indicarlo. Viene y viene, sólo podemos soñar, dijo ella. Qué te parece, dijo Él. No busquemos más: concordia, arreglo. —Total llega. —No lo creo. —Vas a ver. —Si no se puede. —Intentemos. —Suena mejor. —Entonces, dale. —Te acompaño. —¿Seguro? —Como que hay futuro. —¿Y dónde está? —No sé, está viniendo.
Te dio pena y rencor el oso embarrado, pero no frenaste, aunque sí pensaste en el niño que ha llorado. Te engendró tristeza el perro sarnoso e imaginaste su vida anterior, pero no frenaste. Tampoco cuando la lluvia y la niña te recordaron para siempre el rincón: te rendiste por rutina, pero no frenaste. Alguna vez te oí, con convicción aseguraste, que por un perro te detendrías, pero cruzaste en rojo y no frenaste. Dónde quedó el alma limpia, caritativa que antes pedía por dios, los pobres y la patria y ante el puño denigrante, cambió y ni con avisos frenaste. Qué diría tu madre, qué cara pondría tu padre, cuando no escuchaste que no se puede llegar más alto en la acción reciclada. La mesa te quedó vacía, sola, triste y ni siquiera pediste socorro y el orgullo te venció, en medio de la noche seca. Sin remedio, con la luna en el ventanal reventado, ni por asomo el vuelco te obligó: lo pensaste, pero no frenaste.