Aquella tardecita nos tocó viajar parados a la vuelta. El pasillo lleno. El colectivo venía cargado de turistas. Pescados. Uno flaco y joven, me dijo: “Yo sé tu nombre. Te llamás…”. Eso me dejó perplejo, con cara de asustado. El flaco lo notó y me avisó que sólo había leído el bordado en la visera de mi gorro. Con mi hermano nos reímos. Al rato comenzó con las preguntas. “¿Dónde se puede acampar?”; “¿En dónde se sacan los pejerreyes?”; “¿Qué horarios y cuántos colectivos?”. Le pasamos todos los datos y lugares a dónde ir a preguntar por el alquiler de botes; dónde comer rico y a buen precio. El flaco preguntó de dónde veníamos y le contamos que de la colonia de vacaciones municipal, desde cuándo y qué actividades habíamos tenido esa tarde de calor y picnic bajo la sombra de los árboles pegados a la pileta. Después se acordó otra pregunta y le dijimos la calle y cómo era el frente. Entramos en la costanera y fue ahí cuando mi hermano acotó: “En el fondo, al lado de la puerta...
El cerco no se parece: en las películas cuentan con parqueros especiales, acá no hay efectos ni overoles. El verde que llora invierno ya no camufla a las calandrias, ni a las palomas swingers del rincón embaldosado. El sauce llora y se deshoja, sus voltios caídos, son sombra flaca que no suda en verano claro. La especie con pepitas vitales se refleja en contraste; y el violeta gana espacio, cuando el verde muta en marrón. Los tutores se rindieron, vencidos quedaron y, así, el contorno desmejorado luchó contra las uvas flojas.