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Otros tiempos

  En el río me hundí en el río reí, aunque a pesar del frío olvidé aquel río. En el monte lloré una vez que la pena visitó mis ojos, y al fin mejoré. En el galpón la tierra en mis manos terminó, eso me ayudó a comprender la espera. El atardecer en el puente marcó el camino, antes y después del posible destino. Llegaron los besos, de a poco el cariño, y se fue el niño que antes se hundió. El tiempo se esfumó, los soles se gastaron y las agujas no lograron reparar en el después. La distancia fue un faro, proyección segura con peso, sin altura y nervios fatigados. Las horas se gastaron, el sol del puente partió y la noche completa del sueño se quejó. Estancado, nublado el reloj se agotó tardío con agujas perdidas, con acento en el vacío. Cada flor pisada, cada poste flojo, no sirven de apoyo, no sirven, como el oro. Hundimiento, risa, frío llanto en el monte y penas miradas en la tierra que espera. Niño hundido, besos un cariño nuevo que gastó el tiempo con agujas y sus giros.
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Repelente

  Julio no era mal patrón, pero cada vez que le pedíamos un aumento, nos decía: “Les doy trabajo, comida ¿Qué más quieren?”, a lo que nosotros le respondíamos: “Pero no nos alcanza, Julio”. Y él seguía: “¿Qué más quieren? Les doy comida, los llevo y los traigo”. Al final, nos mandaba a negociar con Blanca, su esposa, y siempre nos volvíamos contentos. Julio se prendía con nosotros a la hora del mate, al mediodía hacía unas chuletas al disco o a la parrilla. Con él aprendimos el oficio de alambrar. Una tarde de verano, los mosquitos estaban en temporada alta y ni el humo con hojas de eucaliptos los espantaba. Julio tenía un frasco chico de repelente líquido, pero siempre escondido en la cabina de la camioneta. Esa tarde uno lo encontró y mientras el viejo se fue al monte a “bustear”, nosotros le gastamos todo el líquido. “¿Y ahora qué hacemos?”, pregunté. Liche sonrió, lo destapó y comenzó a mearlo. El frasco quedó al mismo nivel que cuando lo atacamos. Más tarde, Julio fue hasta la...

Campo sonoro

  Las tranqueras funcionaban a modo de portales: cielo abierto, paz y campos verdes. La aventura en cada mano, entre boulevares grises y los pájaros vecinos, dio sonora bienvenida. Tramos poceados, barro y calores sin color, nos daban sed profunda bajo un sauce abrasador. Sombras y proyecciones de tonos descuidados, resplandor pesado con foco desfigurado. Sueltos los caballos, libre el toro, atento el tero, asaltado y rencoroso. En las horas de sol picante el agua de molino salvador y maquinal hacía fiesta en la llanura. Nidos de cotorras infinitos, enjambres y carabanchel que en lo alto proyectaron los sonidos salvajes. La calma llegó cuando la tarde cerró sus puertas y el aroma a campo en el cuello se nos pegó. Ni el fuego gordo con ramas sueltas espantó la curiosidad hasta que emprendimos el regreso. Las faltas nos harían volver y todo el barrio alegre quizá recuerde la tarde que llevamos agua pal calor.

El auto del abuelo

  Aquel mediodía el abuelo se quedó a almorzar en casa, como cada vez que mamá hacía puchero o bifes a la criolla. Dijo buen provecho, apartó las migas de pan al costado de su plato y me invitó a ir a Lobos. Cuando le pregunté a qué, me comentó que a comprar un auto. Eso me puso re contento. Papá se fue a dormir la siesta, mamá llevó a mi hermano al colegio y yo me entré a bañar. Cuando estuve peinado y perfumado, el abuelo tomó su neceser y salimos para Lobos. Era el último viaje en el Dodge rojo. En el camino me contó que tenía vistos algunos modelos, pero que todo iba a depender de los precios y de cuánto le dieran por el Dodge. Cuando llegamos, entregó las llaves y los papeles del ahora “auto viejo” y entramos a la concesionaria. Yo quedé sorprendido al ver tantos autos usados y nuevos, sin una sola gota de tierra, con las gomas brillantes y los vidrios relucientes. El abuelo se acercó y me preguntó cuál me gustaba. Le dije que el Duna blanco de paragolpes negro. En ese momento...

Primavera volvió

  Llegó septiembre y con él los verdes nítidos: flores nuevas y colores para repartir. La mañana es prematura y aunque el frío partió vuelve y disloca entre lanas y algodón. Los árboles se copan y el pasto crece al olvido de su semilla sin control natal. Reparto parejo y natural que contempla el celeste, nubes de gris y horizonte perdido. El año envejece y previo al calor las gotas son poesía con versos estrujados. Mucha fama la estación que no guarda límites en el poder de los tallos antichaparrón. Cuando la noche se limitó en estrellas y luna vieja, cada corazón mutó al espanto desprevenido. El agua ya no molestó las rutinas sin espacio y cada caminante fue un niño entusiasmado. Arrebatado se mostró el viento que sin soplos se arrinconó con la frente sacudida. Al final nadie fue inocente ante paleta y arcoiris, piel y adentro el corazón.

Dos batipavotes

  Cuando era chico, al menos una vez por mes, mamá y la abuela visitaban a su amiga Teresa. Ella era amorosa, simpática y la mejor anfitriona del mundo. Sus meriendas tenían galletitas con dulce de leche o manteca y tostadas con queso. Mamá, Nené y Teresa conversaban sin parar, siempre tenían temas para que el atardecer las encontrara todavía con el mate y todo el piripipí. Algunas veces cruzaban a la casa de Olga, hermana de Teresa. Ahí estaban sus hijos, Martín y Luciano. Como eran mucho más grandes que yo me hacían chistes, como: “Félix, ¿estás tristex?” u “Hola, Infelíx”. Siempre pensé desde abajo sobre que eran medio pavotes, pero nunca dije nada. Hasta el día que sí los mandé a la mierda. Ni bien llegamos a lo de Teresa uno dijo que me iban a regalar una gorra de Batman. Más tarde fuimos hasta la casa, me la dieron, me la probé y después me dijeron que en realidad no me la podían regalar. Corrí hasta la casa de Teresa y en el camino los mandé bien al carajo.

Les borá

  El poeta contó que el árbol es la verdad, alimento de los fuegos naturales o alejados. Como el sauce del fondo, como los paraísos del patio, los recuerdos cuelgan de cada árbol conocido. La casa del árbol que soñamos y casi logramos. Los sauces antes de la casa que hoy sombrean y son luz. Los árboles del camino, sus años al frente de vientos, lluvias y rayos que no los impiden. Cada árbol como mensaje del paso de los años, como metáfora desprendida: raíz, copa, tronco. Los árboles como barrios de pájaros anidados, con cantos y señales, parados de pecho al sol. Los árboles caídos que serán llamas en fuegos amigos, sin revisar y que la lluvia los fortalece. Fuego como identidad fuego como furia fuego como forma y filosofía del camino Recuerdo los muchos, extraño algunos aunque todos fueron paz y años de espera.