Al otro lado, allá lejos, el horizonte traza líneas de perfecto nivel. Y acá, el viento llega y se alborotan viejas, sombreros y modas. Corta el sueño de los soleados, obtura el impacto sonoro de cada vendedor: audios de lata y armonías de aquellas. Sin pausa, sin ruido, cantamos la misma canción que, por ser canción, acompaña el ruido del mar que no duerme: ¿Qué habrá del otro lado?
Quise que muchos momentos duraran para siempre y quise que otros terminaran como los sueños a la madrugada. Quise acercarme y quise que el fuego me queme y me enseñe a sobrevivir. Si quema no hay que correr, ahí está el universo y también el todo y la nada. Algo hay que dicta el curso del río interno, la sangre, el pasado; las cadenas y las no cadenas. Nadie advirtió que la libertad es eterna. Salvo dentro, cuando anda todo mejor que los otros que sufren o padecen. Aquel otro también soy yo y el mundo que piso. Por qué no miro al sol cuando se estaciona, como en exclusiva, expandido. Por qué en el campo, a eso de las seis, la tarde se siente como una despedida naranja, con halos tristes de tan sinceros. Quise todas esas tardes terminar en casa; con estufa o al reparo exterior. En la vereda teníamos paz y luces cuando se cortaba con los rayos. Quise que pare de llover y una noche pasó. Supe que no eran superpoderes ni magia ni macumba. La lluvia pasa y avisa que está.