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Entradas

Mesa servida

  Hubo un año en donde aparecían mesas servidas en cualquier rincón del pueblo. Eso nos daba miedo, sobre todo a quienes nunca las habíamos visto. En la imaginación, uno veía una mesa de patas cortas con mantel, velas y comida dulce y salada en platos y bandejas, pero eso no inspira cagazo.  Los comentarios del pueblo decían que se trataba de magia negra o trampas bobas para las personas con hambre. Hasta el canal local cubrió las apariciones de mesas servidas por todos los rincones del pueblo y también en la ciudad, pero no tenían gracia: las velas estaban consumidas y la comida toda arrastrada por los perros. Esas imágenes no daban miedo, pero la orden de los mayores, tanto en casa como en la escuela, era que si nos encontrábamos una mesa servida, nos alejáramos y que ni se nos ocurra comer o tomar algo de las mesas servidas cerca de los basureros o en las entradas a los campos. El miedo mutó en risa cuando Dante, un gordo muy campero, una mañana cruzó las vías y vio que hab...
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Los molinos

  Alto en los molinos se podía ver que, como todo plano en altura, la tierra y el horizonte son pequeños. Mis manos sujetaban el miedo del primer pantallazo y los ojos no alcanzaban para sentir junto al viento en la nariz, el interior. La seguridad, bien, daba paz a eso de sentir en lo alto, allá arriba. Todo lo vi y el mapa era distinto arriba: diminutos, como éxodos de bichos que no saben, pero saben, dónde terminar. En el llano, los planos son planos, rectos y con ángulos desperfectos. Pero arriba empuja a no acostumbrarse; el tiempo se aprovecha y hay que bajar y continuar con el llano diario que, todavía, no desciframos por la costumbre de mirar y no ver, oler y no proyectar más que comentarios. Sin las fosas, los ojos no pueden completar la sensación de lo inmortal en el pecho, los pulmones, su paraíso, el cauce. Hay el olor del campo, el pasto seco o la mierda de vacas; combustible viejo, fuego que aseguró tantas noches con el miedo de los antiguos. Así, el perro manda abajo...

Facturas paranoicas

  Un amigo una vez dijo que de la noche hay que saber retirarse a tiempo. Las señales llegan y si la elección es seguir entre el ruido o cruzar enfrente al boliche para comprar facturas, ya no hace falta más: queda poco para el retiro. Una noche de frío, la salida nocturna tuvo e incluyó un show de rock and roll. La banda tocó después de las 3. El set continuó con clásicos y muchas zapadas. Se hizo largo. Pero poco antes de las 6 terminó y ya no nos quedaban ganas de seguir entre el ruido y las luces del boliche. Entonces, la idea surgió sola: salirnos y comprar facturas en la panadería Piperno, donde también vendían los mejores sándwiches de jamón y queso: los famosos Piperno. Entramos y pedimos media docena. Y ahí estaban los tipos: eran los Ratones Paranoicos. Los cuatro ratones eligiendo facturas antes de subirse al colectivo negro que usaban en las giras y volver a casa.  Para nosotros fue una espera amena, parecían cuatro pibes de Secundaria. Discutieron hasta ponerse de...

Una ventana

  Los rayos que entran y el verde colado, emparejan el azul con ojos desatentos. Los ojos, un susurro en la insospecha y en el ruido actual del vidrio acordeón. Y las hojas respiran, la lluvia se suspendió, y en la obra cotidiana no alcanza con los bordes. Como las ramas desnudas y las hojas exiladas con el brote del verde, el marrón yace licenciado. Los nubarrones van y no entran ni dejan que los rayos caigan y los pájaros aterricen. No se sabe en qué momento el día estallará, y los perros morarán y el alambrado los atajará. Los gatos, silenciosos, miran desde arriba y se oponen al cielo que no los enfrenta. El hojerío toma color y se anuncia el verde, se despide el marrón y entra el arco iris. Arriba, azul metal, y acá un espejo que, como el gato, de arriba pispea. Las lluvias pasaron y el cerco engordó, como los nidos, los palos y las siluetas aladas.

Carro ganador

  Las maderas las sacamos del galpón del abuelo Lalo. Los rulemanes, en cambio, fueron más difíciles de conseguir, así que con Nico los tomamos de una caja donde papá guardaba repuestos usados. El resto fue un regalo de Rubencito, mecánico amigo de la familia. Una vez que el carro quedó listo, papá nos pasó medio litro de pintura roja y cuando secó y quedó listo, salimos a probarlo a la vereda final del barrio donde está el tanque de agua potable. Nico fue el primero y cuando se bajó me dijo que el carro doblaba bien. Los dos coincidimos que el acierto fue la idea de papá que nos aconsejó que en vez de una soga como volante, lo hiciéramos con los pies. Y no le erró el viejo, porque en cada carrera con los chicos del centro, nuestro carro respondía más rápido, maneje quien lo maneje. Y fue un carro campeón. Esa vez, la carrera se largó un domingo a la tarde en una fiesta del Día del Niño y como Nico estaba pesado, decidimos que pilotee el Laucha de 27 kilos, mojado. Durante el últim...

Atolón memoria de un soldado (cap.1)

  Cuando el gringo me apuntó, pensé: “Soy hombre muerto”. Bajé la mirada. Mandó a que dejara todas mis cosas en el suelo. Después revisó la mochila y salimos por entre la niebla. A los pocos minutos no me apuntó más. Creí así en que dos tipos en medio de la nada se entienden, los rige un código antiguo. Empecé a mirar el barro en la punta de mis borcegos y pensé en pegar la vuelta. El gringo me llevó despacio y tuvo honor. No sé qué hubiese hecho yo. Le di pena o fueron las órdenes. Pensé en los muchachos y en la libreta Camello. Si no encontraba a Campero, al Flaco Malicia y al Chueco iba a quedarme solo, en la perdición y con todas sus cartas encima. Miré para arriba, avisté el gris del cielo y pensé que el andar tumultuoso de las nubes iba a traer de nuevo la lluvia. El llano sin sol se me reflejó como en un sueño. Una vez en el hangar el gringo se mezcló con los suyos y lo perdí en el verde. Su cuerpo en la multitud de soldados lo hizo otra vez un hombre que se corrió de su...

Contrafuego

  Un día ella camina su vestido, rojo y el llanto abuelo. Los chismes, la pelea, un cuarto alejado, la quinta se heló. Una figurita de Vélez, brasas contra el fuego, tiro y cuero de sapo. Un galpón, su letrina y un arma cargada, reposa en un rincón. Lentes verdes, alpargatas que gastadas quedaron olvidadas, sin razón. Sin llanto, sin despido en los ladrillos viejos y ahumados en el bajo, vendidos.