Un amigo una vez dijo que de la noche hay que saber retirarse a tiempo. Las señales llegan y si la elección es seguir entre el ruido o cruzar enfrente al boliche para comprar facturas, ya no hace falta más: queda poco para el retiro. Una noche de frío, la salida nocturna tuvo e incluyó un show de rock and roll. La banda tocó después de las 3. El set continuó con clásicos y muchas zapadas. Se hizo largo. Pero poco antes de las 6 terminó y ya no nos quedaban ganas de seguir entre el ruido y las luces del boliche. Entonces, la idea surgió sola: salirnos y comprar facturas en la panadería Piperno, donde también vendían los mejores sándwiches de jamón y queso: los famosos Piperno. Entramos y pedimos media docena. Y ahí estaban los tipos: eran los Ratones Paranoicos. Los cuatro ratones eligiendo facturas antes de subirse al colectivo negro que usaban en las giras y volver a casa. Para nosotros fue una espera amena, parecían cuatro pibes de Secundaria. Discutieron hasta ponerse de...
Los rayos que entran y el verde colado, emparejan el azul con ojos desatentos. Los ojos, un susurro en la insospecha y en el ruido actual del vidrio acordeón. Y las hojas respiran, la lluvia se suspendió, y en la obra cotidiana no alcanza con los bordes. Como las ramas desnudas y las hojas exiladas con el brote del verde, el marrón yace licenciado. Los nubarrones van y no entran ni dejan que los rayos caigan y los pájaros aterricen. No se sabe en qué momento el día estallará, y los perros morarán y el alambrado los atajará. Los gatos, silenciosos, miran desde arriba y se oponen al cielo que no los enfrenta. El hojerío toma color y se anuncia el verde, se despide el marrón y entra el arco iris. Arriba, azul metal, y acá un espejo que, como el gato, de arriba pispea. Las lluvias pasaron y el cerco engordó, como los nidos, los palos y las siluetas aladas.