En el papel, doblado en cuatro y fechado en 2018, se lee: «Pude volver, pero desistí. Pude decidir, como pude muchas veces prescindir y ser como un fantasma asustado o perdido. Pude hacer que las agujas marquen más que el tiempo y pude dividir cada minuto en pequeñas eternidades profundas y tan superfluas, olvidables. Pude entender y no entender, pero pude al fin dar la orden de hacer que las cosas (y el tiempo) corran como río, hasta el cauce. Pude ahogarme hasta optar por nadar y flotar, conciente de la hora; del “nada todavía”.» Más abajo, en el dorso, sigue: «Pude sentir que veía la tierra, lejos-lejos, y parecía convencido de que era su suplicio hacerme la idea de asentar los pies en lo firme. Pude aprender a esperar y si quiero, espero al revés; puede ser una pérdida de tiempo. Pude esperar y que cada deseo, cualquier deseo, se imprima de tanto sentido: en la mente, en la piel, en la panza. Pude ahuyentarlos, pero dos por tres vuelven, pero pude otras veces hacer como...
Hace muchos años, los domingos a la noche cuando volvía a la pensión de Evelia, no me podía dormir. Los muchachos abandonaban el fin de semana con “Paso a paso” en TyC Sports en la cocina y a mí no me quedaba otra que acostarme con la radio Daihatsu portátil debajo de la almohada. Creo que las casi tres horas de viaje me provocaban el insomnio o el miedo a tenerlo. Una profecía común, de regreso y autocumplida. La única AM que sintonizaba en la habitación era Continental 590. A la 1 AM arrancaba "Entre vinos y medianoche... y que vuelen los ángeles", un ciclo conducido por Cosimo Sabatino Arias, un viejo muy canchero, porteño-porteño, que hablaba sobre vinos y comida. La voz salía rasposa y opaca. Emanaba un vozarrón a lo Coco Basile, pero con fraseo de viejo cheto. Una de esas noches en las que hacía mucho frío del sueño no tuve ni noticias. Mi mente recorrió las horas del fin de semana: rutas, calles y habitaciones. Amigos, familia, el amor. En la radio, Sabatino Arias come...