Alto en los molinos se podía ver que, como todo plano en altura, la tierra y el horizonte son pequeños. Mis manos sujetaban el miedo del primer pantallazo y los ojos no alcanzaban para sentir junto al viento en la nariz, el interior. La seguridad, bien, daba paz a eso de sentir en lo alto, allá arriba. Todo lo vi y el mapa era distinto arriba: diminutos, como éxodos de bichos que no saben, pero saben, dónde terminar. En el llano, los planos son planos, rectos y con ángulos desperfectos. Pero arriba empuja a no acostumbrarse; el tiempo se aprovecha y hay que bajar y continuar con el llano diario que, todavía, no desciframos por la costumbre de mirar y no ver, oler y no proyectar más que comentarios. Sin las fosas, los ojos no pueden completar la sensación de lo inmortal en el pecho, los pulmones, su paraíso, el cauce. Hay el olor del campo, el pasto seco o la mierda de vacas; combustible viejo, fuego que aseguró tantas noches con el miedo de los antiguos. Así, el perro manda abajo...
Un amigo una vez dijo que de la noche hay que saber retirarse a tiempo. Las señales llegan y si la elección es seguir entre el ruido o cruzar enfrente al boliche para comprar facturas, ya no hace falta más: queda poco para el retiro. Una noche de frío, la salida nocturna tuvo e incluyó un show de rock and roll. La banda tocó después de las 3. El set continuó con clásicos y muchas zapadas. Se hizo largo. Pero poco antes de las 6 terminó y ya no nos quedaban ganas de seguir entre el ruido y las luces del boliche. Entonces, la idea surgió sola: salirnos y comprar facturas en la panadería Piperno, donde también vendían los mejores sándwiches de jamón y queso: los famosos Piperno. Entramos y pedimos media docena. Y ahí estaban los tipos: eran los Ratones Paranoicos. Los cuatro ratones eligiendo facturas antes de subirse al colectivo negro que usaban en las giras y volver a casa. Para nosotros fue una espera amena, parecían cuatro pibes de Secundaria. Discutieron hasta ponerse de...