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Alturas

  No conozco lugar más impersonal que un supermercado chino. En estos recintos tampoco hablan el idioma de los clientes y en las filas abunda el silencio con ruido. Una tardenoche me encontré con una ex alumna con su canasto lleno. Empezamos a hablar. Le pregunté cómo iba con la carrera y me dijo que ya no estudiaba ni vivía en Buenos Aires. La cola avanzaba y sospeché tres opciones de su regreso al pago: falta de adaptación, problemas económicos o, simplemente, las no ganas de hacer una carrera. Pero no. Ella dijo: “Me pasó que no estuve a la altura de la carrera”. Al ver mi cara de desconcierto ante su afirmación, siguió: “En clase y por falta de costumbre, no podía tomar apuntes. Tampoco sé hacer resúmenes ni sintetizar los textos. Un desastre, profe”. Avanzamos dos pasos en la cola, algo le dije seguro, pero fue ella quien terminó: “Recién ahora me di cuenta el tiempo que perdí en el colegio cuando no hacía lo que tenía que hacer”. Esbocé un “¿qué cosa?”. Ella practicó una sonr...
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Sueño bordeado

  En el sueño el vértigo es igual a cuando desde el borde de la pileta me hundo en posición huevito y doy toda la vuelta en el fondo del agua. El cuerpo queda agitado, pero la sensación de placer corre como en claro remanso o descanso en la montaña, y llega. Son recurrentes los sueños con piletas. Uno cae y cae y va cayendo y la caída sigue y continúa una pausa —la sensación de pausa— como en la vigilia y el desplazamiento en el espacio entre el colchón y el aire que pasa. Así la elevación — lo que levita— imprime el sello de ser inoportuno ante la gravedad (de las pocas leyes de cumplimiento obligatorio).  Una ley —despierto o en sueños— que iguala. Se repite en siestas de almuerzos pesados o en las noches que dejaron de hacer imposible la multiplicación de los días. Resultan recurrentes los sueños con piletas. Cada figura —en el sueño o en los vuelcos del borde— reaparece y se posiciona como clave única del vértigo confortable. El espacio, la pausa y el regreso de eso que vi...

El sur de la ciudad

  Todavía me pregunto dónde está el imaginario de las canciones; en dónde se alojan esas imágenes que se aparecen como sensación y arman mundos en cada reproducción. No me conforma saber que está adentro. Me sigue la pregunta y algún día sabré de qué forma se entra a la sala de archivos. El imaginario se activa así y los ríos de acordes y armonías tienen colores, personajes y formas, paisajes y caminos. La Diosa Salvaje conduce al cauce y empiezan los fotogramas, se imponen las fotos que se mueven apenas lentas en el medio de los trechos prefigurados por el sonido. El abuelo Pepe fue un hombre morrudo, pelos pirinchos blancos y pocas palabras. Hay una canción que retrata a un anciano que camina y no puede hablar (“El sur de la ciudad”, de Pappo’s Blues). Y piensa y se queda en silencio. El abuelo camina con tranco acompasado, yendo a ningún lugar porque sólo camina. En algunas de las imágenes se lo ve con las manos tomadas en la espalda. Pepe usaba gorra con redes a los costados. A...

Universo sobre rieles

    Los problemas llegaron después. En la habitación y con parlantes de madera y una antena especial que sintonizaba Rock & Pop, el sol de los sábados a la mañana y de todos los días llegaba distinto. El mundo era analógico. Las cosas ocurrían, como ahora, al mismo tiempo, pero no había tantas antenas ni pantallas ni wi-fi. Entonces, el tiempo y el espacio corrían como sobre un carril que avanzaba, pero que se podía frenar/pensar y rebobinar y transcurría con la lógica del almanaque: ayer, hoy, mañana. El cambio de las percepciones se nos dio de modo paulatino, aunque sufrimos el impacto: aquel “antes” estaba ordenado y las acciones procuraban funcionar en distintos escalones. Las horas estaban partidas: había horarios (los del colegio, las siestas o no siestas, los de después de la cena con la televisión), todos juntos y como otros, al mismo tiempo; después dormir y así. Como el almanaque, esa realidad de clasificación y esperas se intercaló al espacio-tiempo, pero en sim...

Río contemplado

  Palabras inconclusas en el viento atroz, de los restos y sus finales. Las partidas en paz, las despedidas frías, contornos desdibujados, y la apariencia intacta. Las rectas sinuosas en el encuentro chato: sentimientos que se juegan, pero invalidan solicitar. Los pasos encontrados, las huellas perdidas en el camino bloqueado y los espejos falsos. Los modos de atravesar la senda imaginada, con el despertar concreto en el río y su orilla. Qué dijo el agua; cuánto corrió; para llegar al cauce que flota manso. Las piedras frenan, la hierba crece y se seca, concreta: espacio, humedal. El tiempo trota como en el camino: corre y salta y se escapa, oculto. Las bajadas van por sobre el nivel: curvas, meandros sobre manglares peinados. El final esperado que, sobre el lomo perdido de pájaros ahogados y peces saturados, viaja.

Sueño azul

  La sonrisa, el sol el viento entre las manos, y los pies movedizos. No es costumbre ni sed, y espía abierta y cerrada, con la nuca descansa. Los sueños azules son, si la noche acompaña, un velador que ampara. Los dedos en pinza, los movimientos cortados reflejan cariño o piden salida. De espaldas descansa, boca abajo trabaja y asoma al son de risas nuevas. A veces llora, a veces actúa, siempre ama.

Zorro chico

  La idea de papá me gustó al principio y cuando lo vi hacer la espada igual a la de El Zorro, pensé más en el sauce a la hora de la siesta con el traje puesto que en el corso. Toda esa semana ni me acordé de que venía la primera noche. El sábado a la tarde me probé el traje, el sombrero, el antifaz y las botas. Me vi en el espejo grande de la pieza de los viejos y sentí que podía ponerme en personaje. Pensé en que nadie iba a saber quién era El Zorro del corso y el lunes todo el pueblo iba a comentarlo si me animaba a subir al escenario. Iba a decir, si me preguntaban las locutoras, que Bernardo estaba de vacaciones en la Costa. Y sí, en San Bernardo. Y llegó el domingo y con el bigote fino símil Diego de la Vega, me sentí El Zorro. Pero eso no me duró mucho. Era temprano, no había mucha gente en el corso. Di una vuelta y me pareció que todo era un embole. Encima pasó el Polvorita y me dijo: “Qué bueno está el traje, Félix”. Unos metros más adelante, una mascarita me robó la espad...