Cuando era chico, al menos una vez por mes, mamá y la abuela visitaban a su amiga Teresa. Ella era amorosa, simpática y la mejor anfitriona del mundo. Sus meriendas tenían galletitas con dulce de leche o manteca y tostadas con queso. Mamá, Nené y Teresa conversaban sin parar, siempre tenían temas para que el atardecer las encontrara todavía con el mate y todo el piripipí. Algunas veces cruzaban a la casa de Olga, hermana de Teresa. Ahí estaban sus hijos, Martín y Luciano. Como eran mucho más grandes que yo me hacían chistes, como: “Félix, ¿estás tristex?” u “Hola, Infelíx”. Siempre pensé desde abajo sobre que eran medio pavotes, pero nunca dije nada. Hasta el día que sí los mandé a la mierda. Ni bien llegamos a lo de Teresa uno dijo que me iban a regalar una gorra de Batman. Más tarde fuimos hasta la casa, me la dieron, me la probé y después me dijeron que en realidad no me la podían regalar. Corrí hasta la casa de Teresa y en el camino los mandé bien al carajo.
El poeta contó que el árbol es la verdad, alimento de los fuegos naturales o alejados. Como el sauce del fondo, como los paraísos del patio, los recuerdos cuelgan de cada árbol conocido. La casa del árbol que soñamos y casi logramos. Los sauces antes de la casa que hoy sombrean y son luz. Los árboles del camino, sus años al frente de vientos, lluvias y rayos que no los impiden. Cada árbol como mensaje del paso de los años, como metáfora desprendida: raíz, copa, tronco. Los árboles como barrios de pájaros anidados, con cantos y señales, parados de pecho al sol. Los árboles caídos que serán llamas en fuegos amigos, sin revisar y que la lluvia los fortalece. Fuego como identidad fuego como furia fuego como forma y filosofía del camino Recuerdo los muchos, extraño algunos aunque todos fueron paz y años de espera.