Las tranqueras funcionaban a modo de portales: cielo abierto, paz y campos verdes. La aventura en cada mano, entre boulevares grises y los pájaros vecinos, dio sonora bienvenida. Tramos poceados, barro y calores sin color, nos daban sed profunda bajo un sauce abrasador. Sombras y proyecciones de tonos descuidados, resplandor pesado con foco desfigurado. Sueltos los caballos, libre el toro, atento el tero, asaltado y rencoroso. En las horas de sol picante el agua de molino salvador y maquinal hacía fiesta en la llanura. Nidos de cotorras infinitos, enjambres y carabanchel que en lo alto proyectaron los sonidos salvajes. La calma llegó cuando la tarde cerró sus puertas y el aroma a campo en el cuello se nos pegó. Ni el fuego gordo con ramas sueltas espantó la curiosidad hasta que emprendimos el regreso. Las faltas nos harían volver y todo el barrio alegre quizá recuerde la tarde que llevamos agua pal calor.
Aquel mediodía el abuelo se quedó a almorzar en casa, como cada vez que mamá hacía puchero o bifes a la criolla. Dijo buen provecho, apartó las migas de pan al costado de su plato y me invitó a ir a Lobos. Cuando le pregunté a qué, me comentó que a comprar un auto. Eso me puso re contento. Papá se fue a dormir la siesta, mamá llevó a mi hermano al colegio y yo me entré a bañar. Cuando estuve peinado y perfumado, el abuelo tomó su neceser y salimos para Lobos. Era el último viaje en el Dodge rojo. En el camino me contó que tenía vistos algunos modelos, pero que todo iba a depender de los precios y de cuánto le dieran por el Dodge. Cuando llegamos, entregó las llaves y los papeles del ahora “auto viejo” y entramos a la concesionaria. Yo quedé sorprendido al ver tantos autos usados y nuevos, sin una sola gota de tierra, con las gomas brillantes y los vidrios relucientes. El abuelo se acercó y me preguntó cuál me gustaba. Le dije que el Duna blanco de paragolpes negro. En ese momento...