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Camino a casa

  En la ruta, ni los pájaros sobrevuelan, viento frío. En casa, desde el ventanal, la soledad parece una. En la ruta, las líneas   unen el tiempo veloz. En casa, los platos no se lavan solos.   En la ruta, el pensamiento es manso, casi dormido. La tranquilidad es certera en casa y las neuronas no extrañan la ciudad y flotan. En la ruta los nervios llegan después, cuando el paisaje no es casa y el contacto eléctrico, vive.   Y se relaja en la ruta y en casa no entra viento y el frío es pasajero. En la ruta los árboles son telón verdolado, las puertas cerradas: el gris no es una casa. En la ruta, cada palo de luz mide el correr nato y en casa somos inconformistas, sin techo. Cada auto lleva historias que se sostienen en la ruta. Nadie sabe por qué, pero somos felices. En casa cuando todos viajan por la ruta. En casa el tiempo parece quieto, arrumbado. En la ruta, cada trazo no demuestra interés. Los nervios son un derecho irrenunciable, como una casa. En la ruta, los r...
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Yendo

  No él, no ella todos desconocemos: mañana se parte, porque ignoramos. Él calla, no ríe y ella lo nota y no pregunta, ni acota. El conflicto anuló cada sueño despierto; el aroma desconocido entretejió la desilusión. El corte, la rotura se adosaron sin más, mientras el sol gastó los rayos antes del descanso por fin. No él, no ella: nadie sabe la respuesta, vayan a buscarlo. ¿Para qué? (Ella) ¿Cómo? (Él) ¿Vamos? (los Dos). Ella no, rendida. Él tampoco, serio. Entonces quién, quién levantará su mano para indicarlo. Viene y viene, sólo podemos soñar, dijo ella. Qué te parece, dijo Él. No busquemos más: concordia, arreglo. —Total llega. —No lo creo. —Vas a ver. —Si no se puede. —Intentemos. —Suena mejor. —Entonces, dale. —Te acompaño. —¿Seguro? —Como que hay futuro. —¿Y dónde está? —No sé, está viniendo.

En medio de la noche seca

  Te dio pena y rencor el oso embarrado, pero no frenaste, aunque sí pensaste en el niño que ha llorado. Te engendró tristeza el perro sarnoso e imaginaste su vida anterior, pero no frenaste. Tampoco cuando la lluvia y la niña te recordaron para siempre el rincón: te rendiste por rutina, pero no frenaste. Alguna vez te oí, con convicción aseguraste, que por un perro te detendrías, pero cruzaste en rojo y no frenaste. Dónde quedó el alma limpia, caritativa que antes pedía por dios, los pobres y la patria y ante el puño denigrante, cambió y ni con avisos frenaste. Qué diría tu madre, qué cara pondría tu padre, cuando no escuchaste que no se puede llegar más alto en la acción reciclada. La mesa te quedó vacía, sola, triste y ni siquiera pediste socorro y el orgullo te venció, en medio de la noche seca. Sin remedio, con la luna en el ventanal reventado, ni por asomo el vuelco te obligó: lo pensaste, pero no frenaste.

Vicente no va de frente

  El viejo Vicente tenía una casa en La Laguna. El viejo Vicente vendía damajuanas de vino Talacasto y jugos Mocoretá. Era un cliente de papá, de los de siempre. De ojos saltones, gordo de más de cien kilos, con la piel rosada por la presión y las canas con rulos mal recortados. Hablaba amontonado y a las puteadas, como a punto explosión. Vicente tenía un patio con piso de cemento, una bomba sapo y una planta de duraznos. Una tarde de calor Vicente me dijo que bajara todos los que quisiera, que estaban al fondo del terreno. “Están espectacular, querido”, me avisó y encaré al duraznero y le hice caso: bajé cinco. Al rato el viejo Vicente me avisó que tuviera cuidado con los carozos, que eran muy chicos, pero yo ya me había tragado cuatro. A  veces destilaba tinto por el cuello Vicente. Usaba remeras ajustadas en la panza. Respiraba como agitado en pleno ronquido siestero y tenía expresiones de porteño de barrio. Tenía salidas como: “Hay algunos que usan las eses pa’ nasta y tas...

Como cuando

  A veces todo es cruel, otras, el viento abraza y a veces se esconde. A veces resulta bien, otras el pasado está aferrado e intacto. Son partidas que a veces se cuelan como las moscas del tren. A veces todo es gris, otras veces el color no abandona, como otras. Muchas veces el círculo se mantiene cerrado y otras nadie escapa. A veces el aroma va, entra y sale inocuo sin lastimar a nadie. Cada vez que la zona se vuelve peligrosa, regresan las horas torpes. Cuando el tiempo se queda las horas se pausan y los relojes demoran. Como los árboles viejos, como las flores sin sol, cada aguja se mantiene. Donde mueren los pájaros, donde descansan las nubes, el corazón desaparece. A veces se escuchan, en otras se reflejan pero nunca declinan. Donde las puertas abren, donde los vidrios se rompen, la muerte no se atreve.

Verbo memoria

  Recuerdo los tramos, las partidas y sus reiteraciones. Reconozco paisajes: me hundo, no pienso y de nuevo soy. Asumo cada retazo de vida que partió y me dejó reseco. Concuerdo con la piel que es alarma de muecas y sentimientos. Analizo volver y corregir, pero no, lo imposible arrasa. Pienso en dejar que las cosas sean, como lo deseen. Siento, entonces, y el pecho deriva en inflamación precoz. Presiento lo peor o quizá sea miedo impreso, avejentado. Escucho voces que no cesan y son un pasillo interminable. Amplío el espectro, mis ojos abiertos preparados están. Desbordo de ansiedad, pero no resulta: todo es recuerdo. Sueño con esas memorias, abro alas y ojos y narices: no hay fin.

Día más

    El sol espejado, asfalto sombra al costado y en las líneas viejas un lagarto cruza, tirado. Una proyección ventada anticipa que el día escapa; y las hojas asustadas, perplejas yacen sin ruido. Flores mustias, la cruz, la recta del choque un rosario punta abajo, papeles machucados. Noche y telón del día reabren sus ventanas, y los autos viajan y una chica espera. Tramo de sol espejado que gira y otra vez se deja, no frena y en sus zapatos la queja. Una bolsa brama, en negro y hace olor, soplado o emplomado, sin fin, cielo enlatado. Divisa la cruz el rosario, la recta, ojos, papel. Atardece en las ventanas, el choque, el tiempo clavo. Los ruidos, la fecha, los faros, la luz, el espejo, fracaso. Y el viento y el espejo reptan, rectas van cuando el día cae pájaros, reposo cableado. Los pájaros lo ven, se mueve en reflejo y llega al otro lado. Sus patas se salvaron y en el pasto tostado reposa, se acolchona. Ahora el viejo del puente no se sienta, nos saluda asiente, descansa. ...