Hubo un año en donde aparecían mesas servidas en cualquier rincón del pueblo. Eso nos daba miedo, sobre todo a quienes nunca las habíamos visto. En la imaginación, uno veía una mesa de patas cortas con mantel, velas y comida dulce y salada en platos y bandejas, pero eso no inspira cagazo. Los comentarios del pueblo decían que se trataba de magia negra o trampas bobas para las personas con hambre. Hasta el canal local cubrió las apariciones de mesas servidas por todos los rincones del pueblo y también en la ciudad, pero no tenían gracia: las velas estaban consumidas y la comida toda arrastrada por los perros. Esas imágenes no daban miedo, pero la orden de los mayores, tanto en casa como en la escuela, era que si nos encontrábamos una mesa servida, nos alejáramos y que ni se nos ocurra comer o tomar algo de las mesas servidas cerca de los basureros o en las entradas a los campos. El miedo mutó en risa cuando Dante, un gordo muy campero, una mañana cruzó las vías y vio que hab...
Alto en los molinos se podía ver que, como todo plano en altura, la tierra y el horizonte son pequeños. Mis manos sujetaban el miedo del primer pantallazo y los ojos no alcanzaban para sentir junto al viento en la nariz, el interior. La seguridad, bien, daba paz a eso de sentir en lo alto, allá arriba. Todo lo vi y el mapa era distinto arriba: diminutos, como éxodos de bichos que no saben, pero saben, dónde terminar. En el llano, los planos son planos, rectos y con ángulos desperfectos. Pero arriba empuja a no acostumbrarse; el tiempo se aprovecha y hay que bajar y continuar con el llano diario que, todavía, no desciframos por la costumbre de mirar y no ver, oler y no proyectar más que comentarios. Sin las fosas, los ojos no pueden completar la sensación de lo inmortal en el pecho, los pulmones, su paraíso, el cauce. Hay el olor del campo, el pasto seco o la mierda de vacas; combustible viejo, fuego que aseguró tantas noches con el miedo de los antiguos. Así, el perro manda abajo...