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Entradas

Carro ganador

  Las maderas las sacamos del galpón del abuelo Lalo. Los rulemanes, en cambio, fueron más difíciles de conseguir, así que con Nico los tomamos de una caja donde papá guardaba repuestos usados. El resto fue un regalo de Rubencito, mecánico amigo de la familia. Una vez que el carro quedó listo, papá nos pasó medio litro de pintura roja y cuando secó y quedó listo, salimos a probarlo a la vereda final del barrio donde está el tanque de agua potable. Nico fue el primero y cuando se bajó me dijo que el carro doblaba bien. Los dos coincidimos que el acierto fue la idea de papá que nos aconsejó que en vez de una soga como volante, lo hiciéramos con los pies. Y no le erró el viejo, porque en cada carrera con los chicos del centro, nuestro carro respondía más rápido, maneje quien lo maneje. Y fue un carro campeón. Esa vez, la carrera se largó un domingo a la tarde en una fiesta del Día del Niño y como Nico estaba pesado, decidimos que pilotee el Laucha de 27 kilos, mojado. Durante el últim...
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Atolón memoria de un soldado (cap.1)

  Cuando el gringo me apuntó, pensé: “Soy hombre muerto”. Bajé la mirada. Mandó a que dejara todas mis cosas en el suelo. Después revisó la mochila y salimos por entre la niebla. A los pocos minutos no me apuntó más. Creí así en que dos tipos en medio de la nada se entienden, los rige un código antiguo. Empecé a mirar el barro en la punta de mis borcegos y pensé en pegar la vuelta. El gringo me llevó despacio y tuvo honor. No sé qué hubiese hecho yo. Le di pena o fueron las órdenes. Pensé en los muchachos y en la libreta Camello. Si no encontraba a Campero, al Flaco Malicia y al Chueco iba a quedarme solo, en la perdición y con todas sus cartas encima. Miré para arriba, avisté el gris del cielo y pensé que el andar tumultuoso de las nubes iba a traer de nuevo la lluvia. El llano sin sol se me reflejó como en un sueño. Una vez en el hangar el gringo se mezcló con los suyos y lo perdí en el verde. Su cuerpo en la multitud de soldados lo hizo otra vez un hombre que se corrió de su...

Contrafuego

  Un día ella camina su vestido, rojo y el llanto abuelo. Los chismes, la pelea, un cuarto alejado, la quinta se heló. Una figurita de Vélez, brasas contra el fuego, tiro y cuero de sapo. Un galpón, su letrina y un arma cargada, reposa en un rincón. Lentes verdes, alpargatas que gastadas quedaron olvidadas, sin razón. Sin llanto, sin despido en los ladrillos viejos y ahumados en el bajo, vendidos.

Carretel

Cuando en 2009 volvió el servicio de trenes a la estación de Salvador María,  mamá estaba muy contenta. Por eso, tenía cualquier excusa para recomendar distintos horarios, combinaciones con el colectivo, ya sea de ida o de vuelta, domingos o feriados. Para ella el tren es parte de su vida. Varias mudanzas en varios pueblos del país; base en Ernestina y las raíces en Salvador María, donde el abuelo fue jefe de estación durante más de diez años. Hasta casarse, la estación fue su hogar. Toda la historia de mamá la explica una memoria repleta de máquinas, vagones, personas y sus vidas. Hay una anécdota de cuando un día a la hora de la siesta se escapó y fue a pescar con unos chicos al puente de la vía y se cortó la mano con una lata de durazno. Llegó con la mano bañada en sangre y tuvo en vilo a los abuelos. Cuando todo se calmó recibió flor de reto del abuelo y varios días sin salir por órdenes de la abuela. Si pienso en la estación reaparecen imágenes como en un carretel sepia: los c...

Recuerdo celeste

  Especie de vapor que choca contra el viento y se despide; no dijo chau. Años de gente amor, odio, refugio, otra vuelta, cuántas. Adiós, desaparición todos los contextos la cama, los libros. La chica ordenada, la señora que robó, hija porfiada: asilo. Fotos grises vías del tiempo, final marrón. 365 días, adiós recuerdo celeste: en los ojos, el corazón.

Canje temporal

  Hace poco descubrí el lado gris de la nostalgia. Antes del rayo y la otra idea, volver a ciertos momentos era un regocijo buscado o el deseo de querer que las cosas vuelvan. Pero no vuelven, salvo que se repitan como mera nostalgia rebobinada. Una pregunta oportuna sobre el concepto nostálgico sería: “¿Te acordás aquellos días, cuando era lunes y cenábamos pastel de papas y después rodeábamos la estufa y parecía que el tiempo corría pero afuera de casa? ¿Te acordás?”. Así, no queda más que imprimirlo desde el lado sin resignación. Decir, por ejemplo, qué ganas de estar ahí un rato no más. Pero no se puede. Perdura la memoria, entonces reaparecen sus puentes directos: fotos, canciones, notas en papeles viejos. Y se cuelan otros más perfectos: perfumes de cuello y aromas de las cocinas con ollas estalladas y vaporosas. El olfato es más nostálgico que la mirada o las voces que, con el correr de los veranos, se desvanecen como el agua de los molinos. Los martes milanesas con puré y c...

Nada todavía (carta encontrada)

  En el papel, doblado en cuatro y fechado en 2018, se lee: «Pude volver, pero desistí. Pude decidir, como pude muchas veces prescindir y ser como un fantasma asustado o perdido. Pude hacer que las agujas marquen más que el tiempo y pude dividir cada minuto en pequeñas eternidades profundas y tan superfluas, olvidables. Pude entender y no entender, pero pude al fin dar la orden de hacer que las cosas (y el tiempo) corran como río, hasta el cauce. Pude ahogarme hasta optar por nadar y flotar, conciente de la hora; del “nada todavía”.»  Más abajo, en el dorso, sigue: «Pude sentir que veía la tierra, lejos-lejos, y parecía convencido de que era su suplicio hacerme la idea de asentar los pies en lo firme. Pude aprender a esperar y si quiero, espero al revés; puede ser una pérdida de tiempo. Pude esperar y que cada deseo, cualquier deseo, se imprima de tanto sentido: en la mente, en la piel, en la panza. Pude ahuyentarlos, pero dos por tres vuelven, pero pude otras veces hacer como...