Hace poco descubrí el lado gris de la nostalgia. Antes del rayo y la otra idea, volver a ciertos momentos era un regocijo buscado o el deseo de querer que las cosas vuelvan. Pero no vuelven, salvo que se repitan como mera nostalgia rebobinada. Una pregunta oportuna sobre el concepto nostálgico sería: “¿Te acordás aquellos días, cuando era lunes y cenábamos pastel de papas y después rodeábamos la estufa y parecía que el tiempo corría pero afuera de casa? ¿Te acordás?”. Así, no queda más que imprimirlo desde el lado sin resignación. Decir, por ejemplo, qué ganas de estar ahí un rato no más. Pero no se puede. Perdura la memoria, entonces reaparecen sus puentes directos: fotos, canciones, notas en papeles viejos. Y se cuelan otros más perfectos: perfumes de cuello y aromas de las cocinas con ollas estalladas y vaporosas. El olfato es más nostálgico que la mirada o las voces que, con el correr de los veranos, se desvanecen como el agua de los molinos. Los martes milanesas con puré y c...
En el papel, doblado en cuatro y fechado en 2018, se lee: «Pude volver, pero desistí. Pude decidir, como pude muchas veces prescindir y ser como un fantasma asustado o perdido. Pude hacer que las agujas marquen más que el tiempo y pude dividir cada minuto en pequeñas eternidades profundas y tan superfluas, olvidables. Pude entender y no entender, pero pude al fin dar la orden de hacer que las cosas (y el tiempo) corran como río, hasta el cauce. Pude ahogarme hasta optar por nadar y flotar, conciente de la hora; del “nada todavía”.» Más abajo, en el dorso, sigue: «Pude sentir que veía la tierra, lejos-lejos, y parecía convencido de que era su suplicio hacerme la idea de asentar los pies en lo firme. Pude aprender a esperar y si quiero, espero al revés; puede ser una pérdida de tiempo. Pude esperar y que cada deseo, cualquier deseo, se imprima de tanto sentido: en la mente, en la piel, en la panza. Pude ahuyentarlos, pero dos por tres vuelven, pero pude otras veces hacer como...