Llegó septiembre y con él los verdes nítidos: flores nuevas y colores para repartir. La mañana es prematura y aunque el frío partió vuelve y disloca entre lanas y algodón. Los árboles se copan y el pasto crece al olvido de su semilla sin control natal. Reparto parejo y natural que contempla el celeste, nubes de gris y horizonte perdido. El año envejece y previo al calor las gotas son poesía con versos estrujados. Mucha fama la estación que no guarda límites en el poder de los tallos antichaparrón. Cuando la noche se limitó en estrellas y luna vieja, cada corazón mutó al espanto desprevenido. El agua ya no molestó las rutinas sin espacio y cada caminante fue un niño entusiasmado. Arrebatado se mostró el viento que sin soplos se arrinconó con la frente sacudida. Al final nadie fue inocente ante paleta y arcoiris, piel y adentro el corazón.
Cuando era chico, al menos una vez por mes, mamá y la abuela visitaban a su amiga Teresa. Ella era amorosa, simpática y la mejor anfitriona del mundo. Sus meriendas tenían galletitas con dulce de leche o manteca y tostadas con queso. Mamá, Nené y Teresa conversaban sin parar, siempre tenían temas para que el atardecer las encontrara todavía con el mate y todo el piripipí. Algunas veces cruzaban a la casa de Olga, hermana de Teresa. Ahí estaban sus hijos, Martín y Luciano. Como eran mucho más grandes que yo me hacían chistes, como: “Félix, ¿estás tristex?” u “Hola, Infelíx”. Siempre pensé desde abajo sobre que eran medio pavotes, pero nunca dije nada. Hasta el día que sí los mandé a la mierda. Ni bien llegamos a lo de Teresa uno dijo que me iban a regalar una gorra de Batman. Más tarde fuimos hasta la casa, me la dieron, me la probé y después me dijeron que en realidad no me la podían regalar. Corrí hasta la casa de Teresa y en el camino los mandé bien al carajo.