Te dio pena y rencor el oso embarrado, pero no frenaste, aunque sí pensaste en el niño que ha llorado. Te engendró tristeza el perro sarnoso e imaginaste su vida anterior, pero no frenaste. Tampoco cuando la lluvia y la niña te recordaron para siempre el rincón: te rendiste por rutina, pero no frenaste. Alguna vez te oí, con convicción aseguraste, que por un perro te detendrías, pero cruzaste en rojo y no frenaste. Dónde quedó el alma limpia, caritativa que antes pedía por dios, los pobres y la patria y ante el puño denigrante, cambió y ni con avisos frenaste. Qué diría tu madre, qué cara pondría tu padre, cuando no escuchaste que no se puede llegar más alto en la acción reciclada. La mesa te quedó vacía, sola, triste y ni siquiera pediste socorro y el orgullo te venció, en medio de la noche seca. Sin remedio, con la luna en el ventanal reventado, ni por asomo el vuelco te obligó: lo pensaste, pero no frenaste.
El viejo Vicente tenía una casa en La Laguna. El viejo Vicente vendía damajuanas de vino Talacasto y jugos Mocoretá. Era un cliente de papá, de los de siempre. De ojos saltones, gordo de más de cien kilos, con la piel rosada por la presión y las canas con rulos mal recortados. Hablaba amontonado y a las puteadas, como a punto explosión. Vicente tenía un patio con piso de cemento, una bomba sapo y una planta de duraznos. Una tarde de calor Vicente me dijo que bajara todos los que quisiera, que estaban al fondo del terreno. “Están espectacular, querido”, me avisó y encaré al duraznero y le hice caso: bajé cinco. Al rato el viejo Vicente me avisó que tuviera cuidado con los carozos, que eran muy chicos, pero yo ya me había tragado cuatro. A veces destilaba tinto por el cuello Vicente. Usaba remeras ajustadas en la panza. Respiraba como agitado en pleno ronquido siestero y tenía expresiones de porteño de barrio. Tenía salidas como: “Hay algunos que usan las eses pa’ nasta y tas...