No conozco lugar más impersonal que un supermercado chino. En estos recintos tampoco hablan el idioma de los clientes y en las filas abunda el silencio con ruido. Una tardenoche me encontré con una ex alumna con su canasto lleno. Empezamos a hablar. Le pregunté cómo iba con la carrera y me dijo que ya no estudiaba ni vivía en Buenos Aires. La cola avanzaba y sospeché tres opciones de su regreso al pago: falta de adaptación, problemas económicos o, simplemente, las no ganas de hacer una carrera. Pero no. Ella dijo: “Me pasó que no estuve a la altura de la carrera”. Al ver mi cara de desconcierto ante su afirmación, siguió: “En clase y por falta de costumbre, no podía tomar apuntes. Tampoco sé hacer resúmenes ni sintetizar los textos. Un desastre, profe”. Avanzamos dos pasos en la cola, algo le dije seguro, pero fue ella quien terminó: “Recién ahora me di cuenta el tiempo que perdí en el colegio cuando no hacía lo que tenía que hacer”. Esbocé un “¿qué cosa?”. Ella practicó una sonr...
En el sueño el vértigo es igual a cuando desde el borde de la pileta me hundo en posición huevito y doy toda la vuelta en el fondo del agua. El cuerpo queda agitado, pero la sensación de placer corre como en claro remanso o descanso en la montaña, y llega. Son recurrentes los sueños con piletas. Uno cae y cae y va cayendo y la caída sigue y continúa una pausa —la sensación de pausa— como en la vigilia y el desplazamiento en el espacio entre el colchón y el aire que pasa. Así la elevación — lo que levita— imprime el sello de ser inoportuno ante la gravedad (de las pocas leyes de cumplimiento obligatorio). Una ley —despierto o en sueños— que iguala. Se repite en siestas de almuerzos pesados o en las noches que dejaron de hacer imposible la multiplicación de los días. Resultan recurrentes los sueños con piletas. Cada figura —en el sueño o en los vuelcos del borde— reaparece y se posiciona como clave única del vértigo confortable. El espacio, la pausa y el regreso de eso que vi...