Aquel mediodía el abuelo se quedó a almorzar en casa, como cada vez que mamá hacía puchero o bifes a la criolla. Dijo buen provecho, apartó las migas de pan al costado de su plato y me invitó a ir a Lobos. Cuando le pregunté a qué, me comentó que a comprar un auto. Eso me puso re contento. Papá se fue a dormir la siesta, mamá llevó a mi hermano al colegio y yo me entré a bañar. Cuando estuve peinado y perfumado, el abuelo tomó su neceser y salimos para Lobos. Era el último viaje en el Dodge rojo. En el camino me contó que tenía vistos algunos modelos, pero que todo iba a depender de los precios y de cuánto le dieran por el Dodge. Cuando llegamos, entregó las llaves y los papeles del ahora “auto viejo” y entramos a la concesionaria. Yo quedé sorprendido al ver tantos autos usados y nuevos, sin una sola gota de tierra, con las gomas brillantes y los vidrios relucientes. El abuelo se acercó y me preguntó cuál me gustaba. Le dije que el Duna blanco de paragolpes negro. En ese momento...
Llegó septiembre y con él los verdes nítidos: flores nuevas y colores para repartir. La mañana es prematura y aunque el frío partió vuelve y disloca entre lanas y algodón. Los árboles se copan y el pasto crece al olvido de su semilla sin control natal. Reparto parejo y natural que contempla el celeste, nubes de gris y horizonte perdido. El año envejece y previo al calor las gotas son poesía con versos estrujados. Mucha fama la estación que no guarda límites en el poder de los tallos antichaparrón. Cuando la noche se limitó en estrellas y luna vieja, cada corazón mutó al espanto desprevenido. El agua ya no molestó las rutinas sin espacio y cada caminante fue un niño entusiasmado. Arrebatado se mostró el viento que sin soplos se arrinconó con la frente sacudida. Al final nadie fue inocente ante paleta y arcoiris, piel y adentro el corazón.