Todavía me pregunto dónde está el imaginario de las canciones; en dónde se alojan esas imágenes que se aparecen como sensación y arman mundos en cada reproducción. No me conforma saber que está adentro. Me sigue la pregunta y algún día sabré de qué forma se entra a la sala de archivos. El imaginario se activa así y los ríos de acordes y armonías tienen colores, personajes y formas, paisajes y caminos. La Diosa Salvaje conduce al cauce y empiezan los fotogramas, se imponen las fotos que se mueven apenas lentas en el medio de los trechos prefigurados por el sonido. El abuelo Pepe fue un hombre morrudo, pelos pirinchos blancos y pocas palabras. Hay una canción que retrata a un anciano que camina y no puede hablar (“El sur de la ciudad”, de Pappo’s Blues). Y piensa y se queda en silencio. El abuelo camina con tranco acompasado, yendo a ningún lugar porque sólo camina. En algunas de las imágenes se lo ve con las manos tomadas en la espalda. Pepe usaba gorra con redes a los costados. A...
Los problemas llegaron después. En la habitación y con parlantes de madera y una antena especial que sintonizaba Rock & Pop, el sol de los sábados a la mañana y de todos los días llegaba distinto. El mundo era analógico. Las cosas ocurrían, como ahora, al mismo tiempo, pero no había tantas antenas ni pantallas ni wi-fi. Entonces, el tiempo y el espacio corrían como sobre un carril que avanzaba, pero que se podía frenar/pensar y rebobinar y transcurría con la lógica del almanaque: ayer, hoy, mañana. El cambio de las percepciones se nos dio de modo paulatino, aunque sufrimos el impacto: aquel “antes” estaba ordenado y las acciones procuraban funcionar en distintos escalones. Las horas estaban partidas: había horarios (los del colegio, las siestas o no siestas, los de después de la cena con la televisión), todos juntos y como otros, al mismo tiempo; después dormir y así. Como el almanaque, esa realidad de clasificación y esperas se intercaló al espacio-tiempo, pero en sim...