El viejo Vicente tenía una casa en La Laguna. El viejo Vicente vendía damajuanas de vino Talacasto y jugos Mocoretá. Era un cliente de papá, de los de siempre. De ojos saltones, gordo de más de cien kilos, con la piel rosada por la presión y las canas con rulos mal recortados. Hablaba amontonado y a las puteadas, como a punto explosión. Vicente tenía un patio con piso de cemento, una bomba sapo y una planta de duraznos. Una tarde de calor Vicente me dijo que bajara todos los que quisiera, que estaban al fondo del terreno. “Están espectacular, querido”, me avisó y encaré al duraznero y le hice caso: bajé cinco. Al rato el viejo Vicente me avisó que tuviera cuidado con los carozos, que eran muy chicos, pero yo ya me había tragado cuatro. A veces destilaba tinto por el cuello Vicente. Usaba remeras ajustadas en la panza. Respiraba como agitado en pleno ronquido siestero y tenía expresiones de porteño de barrio. Tenía salidas como: “Hay algunos que usan las eses pa’ nasta y tas...
A veces todo es cruel, otras, el viento abraza y a veces se esconde. A veces resulta bien, otras el pasado está aferrado e intacto. Son partidas que a veces se cuelan como las moscas del tren. A veces todo es gris, otras veces el color no abandona, como otras. Muchas veces el círculo se mantiene cerrado y otras nadie escapa. A veces el aroma va, entra y sale inocuo sin lastimar a nadie. Cada vez que la zona se vuelve peligrosa, regresan las horas torpes. Cuando el tiempo se queda las horas se pausan y los relojes demoran. Como los árboles viejos, como las flores sin sol, cada aguja se mantiene. Donde mueren los pájaros, donde descansan las nubes, el corazón desaparece. A veces se escuchan, en otras se reflejan pero nunca declinan. Donde las puertas abren, donde los vidrios se rompen, la muerte no se atreve.