Primer encuentro ojos cerrados, miedo nuevo y la esperanza. Cables, mediciones y tus ojos desde el sábado que nos encontramos. Cantos secretos, movimientos y señal: armonía que hoy descansa. La voz de mamá, las sonrisas, la voluntad, la fuerza. Las horas, los días, cada minuto, paz y protección. El calor, tu evolución, los gramos y una suma sin restar. Entonces partimos llenamos, volvimos: espera con fin y en casa de nuevo. Las visitas, el calor, las caricias, y más melodías. El sueño manso, tus ojos, el azul: apertura, luz y las sonrisas. Los baños, la espuma, el jabón sin gritos. La arena del tiempo, el recorrido blanco, el reloj: horas nuevas. La música, tus emociones, el laberinto para salir. El recuento, los dolores, los doctores, el ánimo. Las excusas en la cama, más ratos, menos sueño. Tus manos, el pelo, la locura y y los gritos. La comunicación, el enfoque, los disgustos: menores, planos. Las siestas, las noches, las hojas, los píos. A Dios las gracias; las velas, el fue...
No conozco lugar más impersonal que un supermercado chino. En estos recintos tampoco hablan el idioma de los clientes y en las filas abunda el silencio con ruido. Una tardenoche me encontré con una ex alumna con su canasto lleno. Empezamos a hablar. Le pregunté cómo iba con la carrera y me dijo que ya no estudiaba ni vivía en Buenos Aires. La cola avanzaba y sospeché tres opciones de su regreso al pago: falta de adaptación, problemas económicos o, simplemente, las no ganas de hacer una carrera. Pero no. Ella dijo: “Me pasó que no estuve a la altura de la carrera”. Al ver mi cara de desconcierto ante su afirmación, siguió: “En clase y por falta de costumbre, no podía tomar apuntes. Tampoco sé hacer resúmenes ni sintetizar los textos. Un desastre, profe”. Avanzamos dos pasos en la cola, algo le dije seguro, pero fue ella quien terminó: “Recién ahora me di cuenta el tiempo que perdí en el colegio cuando no hacía lo que tenía que hacer”. Esbocé un “¿qué cosa?”. Ella practicó una sonr...