Nadie se olvida de jugar por más años que hayan pasado. El cuerpo tiene una memoria tioca y si a cualquier persona que le llega una pelota, cumple con el código número 1 de esa dichosa invención humana. El código: Todo individuo se siente con la responsabilidad y la obligación de devolverla con alguno de sus pies, hábil o no hábil. Otro código: En otro orden, es que todo individuo se precia de tener algún recuerdo con goles y jugadas de algún picado. Mi amigo Marcos tiene el suyo. Su relato: “Tengo el recuerdo pintado. Fue en un campeonato de esos que se hacían allá en Villa Jardín, es decir, fue un partido de hacha y tiza, por el honor de defender la camiseta. Así que íbamos ganando la final por un gol y me acuerdo la sensación de cagazo de saber que ya se terminaba y que en cualquier momento podíamos quedarnos sin nada”. El final: “Y vino un córner para ellos y hubo varios rebotes y otro córner de vuelta y nuestro arquero la rechazó de un puñetazo, pero la pelota quedó un poco ...
Al otro lado, allá lejos, el horizonte traza líneas de perfecto nivel. Y acá, el viento llega y se alborotan viejas, sombreros y modas. Corta el sueño de los soleados, obtura el impacto sonoro de cada vendedor: audios de lata y armonías de aquellas. Sin pausa, sin ruido, cantamos la misma canción que, por ser canción, acompaña el ruido del mar que no duerme: ¿Qué habrá del otro lado?