Ir al contenido principal

El sur de la ciudad

 

Todavía me pregunto dónde está el imaginario de las canciones; en dónde se alojan esas imágenes que se aparecen como sensación y arman mundos en cada reproducción. No me conforma saber que está adentro. Me sigue la pregunta y algún día sabré de qué forma se entra a la sala de archivos. El imaginario se activa así y los ríos de acordes y armonías tienen colores, personajes y formas, paisajes y caminos. La Diosa Salvaje conduce al cauce y empiezan los fotogramas, se imponen las fotos que se mueven apenas lentas en el medio de los trechos prefigurados por el sonido.

El abuelo Pepe fue un hombre morrudo, pelos pirinchos blancos y pocas palabras. Hay una canción que retrata a un anciano que camina y no puede hablar (“El sur de la ciudad”, de Pappo’s Blues). Y piensa y se queda en silencio. El abuelo camina con tranco acompasado, yendo a ningún lugar porque sólo camina. En algunas de las imágenes se lo ve con las manos tomadas en la espalda.

Pepe usaba gorra con redes a los costados. Así, la música, la canción lo traen y el abuelo camina, piensa, pero calla. Igual a cuando prendía la estufa hogar y tomábamos mates mientras nos capturaba el núcleo del fuego.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Siesta de ángel

No perturba la calma, acecha la culpa, se obstina el ensueño. El ángel no teje ni protege, escucha. Deambula, quizá: nadie sabe si es verdad. ¿Por qué los ángeles no nadan de espalda? Las alas no sirven más que para frenar o de última flotar, pero se mojan y, como las rocas, no pueden decir palabra. El pájaro nadó el pez corrió y el perro carreteó. Mientras —tranquilo avezado y dormido—, el gato camina: es jefe, patrón y esclavo cuando quiere o llega el dueño.

Baúles y valijas

  Las valijas viajan solas, conocen paisajes internos. Se suspenden en el tiempo, en la oscuridad. Cada baúl las arropa, resguardan los sonidos, que tapan recorridos en plena soledad. Cierre hermético, sombra y pasado de ropas. Contemplación, ruido y silencio. Llegada presurosa. Claridad y búsqueda errada, y de nuevo el negro que acostumbra el cierre y otro viaje más. Llegadas, partidas y fin, que anuncian el continuado de maravillas y otros cuentos con finales templados.

Primeros libros

     En 45 días de reposo me hice lector. Comencé con vómitos y dolores de cuerpo, pis marrón. El doctor diagnosticó hepatitis. Era invierno y para no estar aburrido en la cama, los viejos me trajeron  revistas viejas y varios ejemplares de Patoruzú. Claro, no estaba acostumbrado a leer tanto, pero el tiempo a disposición jugó un papel importante y a lo largo del día terminaba todo lo que me traían.    Después, en la mesa, papá preguntaba sobre las historias. “Algunas las leí en otra época”, avisaba. Así, los personajes y sus acciones se volvieron como de la familia. Al terminar cada ejemplar, pensaba: “Entonces puedo”.    Más tarde, curado de la hepatitis, el gusto por los libros creció. El primer intento fue con uno de Cortázar que saqué de la biblioteca del pueblo, pero el tiempo de devolución me quitó las ganas. Solo recuerdo haber leído “Axolot”. Después, llegó la primera novela: “Robinson Crusoe” de Defoe. Costó, pero una noche, después de l...