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Mostrando las entradas de marzo, 2026

Saludo naranja

  Quise que muchos momentos duraran para siempre y quise que otros terminaran como los sueños a la madrugada. Quise acercarme y quise que el fuego me queme y me enseñe a sobrevivir. Si quema no hay que correr, ahí está el universo y también el todo y la nada. Algo hay que dicta el curso del río interno, la sangre, el pasado; las cadenas y las no cadenas. Nadie advirtió que la libertad es eterna. Salvo dentro, cuando anda todo mejor que los otros que sufren o padecen. Aquel otro también soy yo y el mundo que piso. Por qué no miro al sol cuando se estaciona, como en exclusiva, expandido. Por qué en el campo, a eso de las seis, la tarde se siente como una despedida naranja, con halos tristes de tan sinceros. Quise todas esas tardes terminar en casa; con estufa o al reparo exterior. En la vereda teníamos paz y luces cuando se cortaba con los rayos. Quise que pare de llover y una noche pasó. Supe que no eran superpoderes ni magia ni macumba. La lluvia pasa y avisa que está.

Ana y las horas

  Primer encuentro ojos cerrados, miedo nuevo y la esperanza. Cables, mediciones y tus ojos desde el sábado que nos encontramos. Cantos secretos, movimientos y señal: armonía que hoy descansa. La voz de mamá, las sonrisas, la voluntad, la fuerza. Las horas, los días, cada minuto, paz y protección. El calor, tu evolución, los gramos y una suma sin restar. Entonces partimos llenamos, volvimos: espera con fin y en casa de nuevo. Las visitas, el calor, las caricias, y más melodías. El sueño manso, tus ojos, el azul: apertura, luz y las sonrisas. Los baños, la espuma, el jabón sin gritos. La arena del tiempo, el recorrido blanco, el reloj: horas nuevas. La música, tus emociones, el laberinto para salir. El recuento, los dolores, los doctores, el ánimo. Las excusas en la cama, más ratos, menos sueño. Tus manos, el pelo, la locura y y los gritos. La comunicación, el enfoque, los disgustos: menores, planos. Las siestas, las noches, las hojas, los píos. A Dios las gracias; las velas, el fue...

Alturas

  No conozco lugar más impersonal que un supermercado chino. En estos recintos tampoco hablan el idioma de los clientes y en las filas abunda el silencio con ruido. Una tardenoche me encontré con una ex alumna con su canasto lleno. Empezamos a hablar. Le pregunté cómo iba con la carrera y me dijo que ya no estudiaba ni vivía en Buenos Aires. La cola avanzaba y sospeché tres opciones de su regreso al pago: falta de adaptación, problemas económicos o, simplemente, las no ganas de hacer una carrera. Pero no. Ella dijo: “Me pasó que no estuve a la altura de la carrera”. Al ver mi cara de desconcierto ante su afirmación, siguió: “En clase y por falta de costumbre, no podía tomar apuntes. Tampoco sé hacer resúmenes ni sintetizar los textos. Un desastre, profe”. Avanzamos dos pasos en la cola, algo le dije seguro, pero fue ella quien terminó: “Recién ahora me di cuenta el tiempo que perdí en el colegio cuando no hacía lo que tenía que hacer”. Esbocé un “¿qué cosa?”. Ella practicó una sonr...