Hace poco descubrí el lado gris de la nostalgia. Antes del rayo y la otra idea, volver a ciertos momentos era un regocijo buscado o el deseo de querer que las cosas vuelvan. Pero no vuelven, salvo que se repitan como mera nostalgia rebobinada. Una pregunta oportuna sobre el concepto nostálgico sería: “¿Te acordás aquellos días, cuando era lunes y cenábamos pastel de papas y después rodeábamos la estufa y parecía que el tiempo corría pero afuera de casa? ¿Te acordás?”. Así, no queda más que imprimirlo desde el lado sin resignación. Decir, por ejemplo, qué ganas de estar ahí un rato no más. Pero no se puede. Perdura la memoria, entonces reaparecen sus puentes directos: fotos, canciones, notas en papeles viejos. Y se cuelan otros más perfectos: perfumes de cuello y aromas de las cocinas con ollas estalladas y vaporosas. El olfato es más nostálgico que la mirada o las voces que, con el correr de los veranos, se desvanecen como el agua de los molinos. Los martes milanesas con puré y c...
Un poco de ficción para tiempos rotos