Cuando el gringo me apuntó, pensé: “Soy hombre muerto”. Bajé la mirada. Mandó a que dejara todas mis cosas en el suelo. Después revisó la mochila y salimos por entre la niebla. A los pocos minutos no me apuntó más. Creí así en que dos tipos en medio de la nada se entienden, los rige un código antiguo. Empecé a mirar el barro en la punta de mis borcegos y pensé en pegar la vuelta. El gringo me llevó despacio y tuvo honor. No sé qué hubiese hecho yo. Le di pena o fueron las órdenes. Pensé en los muchachos y en la libreta Camello. Si no encontraba a Campero, al Flaco Malicia y al Chueco iba a quedarme solo, en la perdición y con todas sus cartas encima. Miré para arriba, avisté el gris del cielo y pensé que el andar tumultuoso de las nubes iba a traer de nuevo la lluvia. El llano sin sol se me reflejó como en un sueño. Una vez en el hangar el gringo se mezcló con los suyos y lo perdí en el verde. Su cuerpo en la multitud de soldados lo hizo otra vez un hombre que se corrió de su decretado destino. Le perdonó la vida a otro hombre y removió su historia hacia un rincón hermético.
En el hangar de los gringos estaba todo oscuro. Al entrar se escucharon algunos gritos de triunfo. Saqué mis cosas: tenía la libreta Camello, la Bic y los últimos correos. En las duchas lloré como un chico, en silencio, hasta que nos llamaron a cenar sopa. Después pudimos fumar. Busqué a los de mi grupo, pero no di con ninguno. Hablé con un correntino que tampoco encontró a los suyos. Después del segundo cigarro me fui a un rincón y de espaldas a la pared leí datos extraños y tramos de cuando estábamos los cuatro.
Sentí un pulso filoso.
En las primeras horas dentro del cuartel supimos que el servicio a la patria incluía trato a lo perro para nosotros los colimbas. Según los caporales, ser un conscripto y andar de verde por la calle, era el símbolo de ser “hombres a los que la sociedad respeta”. Pero nosotros fuimos el fondo del tarro, la pulpa inútil que se queda en el culo de las cosas.
En la fila para entrar conocí al Chueco. Estaba unos metros adelante pálido y acurrucado, listo para la revisación. El miliquito que nos recibió en la entrada nos aplicó la ley del gallinero: el de arriba caga al de más abajo. Era un petiso que no llegaba al metro cincuenta y nos gritaba, casi afónico: “Acá hacemos hombres para servir a la patria”. Este milico fue el mismo que estaba en la ventanilla por donde nos tiraron la bolsa con letras blancas en imprenta con la sigla EA. Antes de tirar el cabezazo con la señal de paso, el miserable dijo: “¡Acá la ropa es a medida! A medida que van pasando”. A un flaco de 50 kilos le tocó un conjunto para un urso tipo oso y el petiso se rio solo. Por eso nunca quise a los milicos.
Una vez, un retirado, un poco fanfarrón y preguntón, me sacó charla en la redacción del diario. Fue a juntarse con el jefe no sé por qué asunto y, como andaba dando vueltas, alardeó con que ya no mandaban, pero que seguían en todas partes. “Sucede que no hacemos tanto ruido”, dijo. Yo no me di por aludido, pero cuando me preguntó qué pensaba del Ejército Argentino, le contesté que la primera enseñanza de la colimba fue que si a uno le roban, tiene que robar. Y eso es una gran cagada, le dije. Y después lo cansé.
Le conté que una vez otro milico a punto del retiro me hizo bailar tres horas, un domingo a la noche. “En nombre de la patria”, decía. Yo había ido a la cancha de Independiente con la ropa de salida y entré sin pagar. Como no me daban los tiempos para volver al pueblo, los fines de semana iba a la cancha con los cordobeses y el Chueco. Esta vez había ido solo a la popular. Esa noche hizo un gol el Bocha, a cinco minutos de que terminara el partido. No había paravalancha y en el festejo me fui como veinte metros para abajo y en la rodada perdí el birrete. Cuando entré al cuartel me recibió este señor y como le hice la venia sin el birrete, me hizo bailar tres horas y estuve cinco días sin moverme. No podía ni caminar. Pero después los cagué y me escapé.
El milico escuchó que todos mis compañeros se rieron y no le quedó otra que bajar la cabeza. Al rato, la secretaria le avisó que el jefe no podía bajar a atenderlo y se fue. Hacía más de un año, para la misma época, nosotros quedamos con el bolso en un lugar del que apenas sabíamos un poco por la escuela.
El milico habrá muerto.
El pasto del playón estaba todo blanco, como nevado. “Una niebla machaza”, dije y pensé en el abuelo. El tipo llevaba una campera que le quedaba grande, como todas sus putas tiras. Primero fue salto-rana-carrera-mar y comencé a entrar en calor. Subía la bronca, pero dejé de temblar. Imaginé lo peor, cosas terribles, como tomar impulso y de un salto atenazarle el cuello y ahogarlo. Cerré los ojos y ya no escuché sus gritos. Vi la lluvia, la pala y el pozo. Quedó boca abajo. Abrí los ojos y observé su rostro de cerca: las cejas arqueadas y los bigotes canosos. Se prendió la luz y el enfermero me avisó que tuviera cuidado con las mangueras del suero.
El tercer día me visitó Campero y me trajo una Tita aplastada de regalo. Como pude me senté en la cama y lo acompañé con las risas. Me dolían hasta las orejas. Campero me enteró de todas las novedades del cuartel. El milico del baile se fue de licencia, pero, al parecer, no por la cagada conmigo, sino por otros asuntos. “El ambiente afuera está cortado”, señaló. Le pedí que me destapara, porque quería ver mis piernas y sentí como unas punzadas de frío al moverlas. Campero levantó las sábanas: estaban violetas, entumecidas. Volvió a cubrirme. Después dejó unas revistas sobre la mesa de luz y una radio chica, junto a un encendedor para que caliente las pilas. Le pedí que busque algún libro en el sucucho del cuartel. Al otro día, comentó que revolvió todo el sucucho y encontró uno que no tenía tapa. Esa mañana arranqué con… no recuerdo nada.
A la cuarta semana me dieron el alta y otro jefe me llamó aparte y me felicitó por mi discreción ante lo ocurrido. Sospeché y confirmé lo que presumía: que el caso no llegó a salir de los confines del cuartel y que por eso, por no hablar de maltrato con mis colegas periodistas, merecía continuar con mi trabajo en la oficina de correos, pero como encargado de lo más importante: “Los sellos, soldado”, dijo y se retiró. Quedé solo en la oficina. Pasé las semanas posteriores con el mate y la radio en mi despacho, atento a cada información, a cada correo que ingresaba o salía. Al principio, me llamó mucho la atención la cantidad de cartas de las familias de los caporales. Comencé a notar algo extraño más allá de los entrenamientos de tiro. Una semana llegaron poco más de quince y terminada la primera quincena de marzo, mandé a repartir más de cuarenta y cinco sobres a los despachos de los altos mandos. Sin salir del asombro, pero con la costumbre de la rutina de escritorio, dejé que las horas y los días pasen. Aún así, las noches eran eternas, prestas al desvelo. “Te falta quemar energía”, decía Malicia. “La cabeza no para y, mucho menos, si estás todo el día con el culo en la silla”, repetía. Tal vez tuvo razón. Lo cierto es que pocos días después de las más de cincuenta y cinco cartas selladas y repartidas, el aroma en los pasillos se enrareció. El Chueco habló de su última salida: “En la calle el horno no está para bollos”, comentó. Otro soldado agregó que su hermana, abogada de Tribunales, le pidió que sea fuerte y que se cuide. “Se viene una jodida”, le anticipó.
De nuevo el silencio. Otra vez la opción de mejor callar y esperar. Aquel fin de marzo el visitante y cuidador fui yo. Malicia cayó en cama, con gripe por culpa de los entrenamientos con lluvia de la semana anterior. Estaba triste y un tanto derrotado. Habló, se despachó lento y sin toser ni estornudar. “Yo creo que todo va a ser distinto para vos, para mí, para todos. No me pidas detalles, pero tengo como cierto olfato que me dice que por algo nos van a dar la baja y vamos a volver a casa”. Tomó un trago de agua del pico de la jarra de vidrio y no paró. “Algo me dice que de acá rajamos. Siento en el pecho de que de acá nos vamos”, cerró. Malicia tuvo razón. Al día siguiente, armamos el bolsón con la batería lista para salir del cuartel.
Esa noche también ganó el desvelo.
(Atolón memoria de un soldado, novela. 2025)

Comentarios
Publicar un comentario