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Mostrando las entradas de junio, 2026

Nada todavía (carta encontrada)

  En el papel, doblado en cuatro y fechado en 2018, se lee: «Pude volver, pero desistí. Pude decidir, como pude muchas veces prescindir y ser como un fantasma asustado o perdido. Pude hacer que las agujas marquen más que el tiempo y pude dividir cada minuto en pequeñas eternidades profundas y tan superfluas, olvidables. Pude entender y no entender, pero pude al fin dar la orden de hacer que las cosas (y el tiempo) corran como río, hasta el cauce. Pude ahogarme hasta optar por nadar y flotar, conciente de la hora; del “nada todavía”.»  Más abajo, en el dorso, sigue: «Pude sentir que veía la tierra, lejos-lejos, y parecía convencido de que era su suplicio hacerme la idea de asentar los pies en lo firme. Pude aprender a esperar y si quiero, espero al revés; puede ser una pérdida de tiempo. Pude esperar y que cada deseo, cualquier deseo, se imprima de tanto sentido: en la mente, en la piel, en la panza. Pude ahuyentarlos, pero dos por tres vuelven, pero pude otras veces hacer como...

Sintonía nocturna

Hace muchos años, los domingos a la noche cuando volvía a la pensión de Evelia, no me podía dormir. Los muchachos abandonaban el fin de semana con “Paso a paso” en TyC Sports en la cocina y a mí no me quedaba otra que acostarme con la radio Daihatsu portátil debajo de la almohada. Creo que las casi tres horas de viaje me provocaban el insomnio o el miedo a tenerlo. Una profecía común, de regreso y autocumplida. La única AM que sintonizaba en la habitación era Continental 590. A la 1 AM arrancaba "Entre vinos y medianoche... y que vuelen los ángeles", un ciclo conducido por Cosimo Sabatino Arias, un viejo muy canchero, porteño-porteño, que hablaba sobre vinos y comida. La voz salía rasposa y opaca. Emanaba un vozarrón a lo Coco Basile, pero con fraseo de viejo cheto. Una de esas noches en las que hacía mucho frío del sueño no tuve ni noticias. Mi mente recorrió las horas del fin de semana: rutas, calles y habitaciones. Amigos, familia, el amor. En la radio, Sabatino Arias come...

Camino a casa

  En la ruta, ni los pájaros sobrevuelan, viento frío. En casa, desde el ventanal, la soledad parece una. En la ruta, las líneas   unen el tiempo veloz. En casa, los platos no se lavan solos.   En la ruta, el pensamiento es manso, casi dormido. La tranquilidad es certera en casa y las neuronas no extrañan la ciudad y flotan. En la ruta los nervios llegan después, cuando el paisaje no es casa y el contacto eléctrico, vive.   Y se relaja en la ruta y en casa no entra viento y el frío es pasajero. En la ruta los árboles son telón verdolado, las puertas cerradas: el gris no es una casa. En la ruta, cada palo de luz mide el correr nato y en casa somos inconformistas, sin techo. Cada auto lleva historias que se sostienen en la ruta. Nadie sabe por qué, pero somos felices cuando todos viajan por la ruta. En casa el tiempo parece quieto, arrumbado. En la ruta, cada trazo no demuestra interés. Los nervios son un derecho irrenunciable, como una casa. En la ruta, los reflejos d...

Yendo

  No él, no ella todos desconocemos: mañana se parte, porque ignoramos. Él calla, no ríe y ella lo nota y no pregunta, ni acota. El conflicto anuló cada sueño despierto; el aroma desconocido entretejió la desilusión. El corte, la rotura se adosaron sin más, mientras el sol gastó los rayos antes del descanso por fin. No él, no ella: nadie sabe la respuesta, vayan a buscarlo. ¿Para qué? (Ella) ¿Cómo? (Él) ¿Vamos? (los Dos). Ella no, rendida. Él tampoco, serio. Entonces quién, quién levantará su mano para indicarlo. Viene y viene, sólo podemos soñar, dijo ella. Qué te parece, dijo Él. No busquemos más: concordia, arreglo. —Total llega. —No lo creo. —Vas a ver. —Si no se puede. —Intentemos. —Suena mejor. —Entonces, dale. —Te acompaño. —¿Seguro? —Como que hay futuro. —¿Y dónde está? —No sé, está viniendo.