Hace muchos años, los domingos a la noche cuando volvía a la pensión de Evelia, no me podía dormir. Los muchachos abandonaban el fin de semana con “Paso a paso” en TyC Sports en la cocina y a mí no me quedaba otra que acostarme con la radio Daihatsu portátil debajo de la almohada. Creo que las casi tres horas de viaje me provocaban el insomnio o el miedo a tenerlo. Una profecía común, de regreso y autocumplida.
La única AM que sintonizaba en la habitación era Continental 590. A la 1 AM arrancaba "Entre vinos y medianoche... y que vuelen los ángeles", un ciclo conducido por Cosimo Sabatino Arias, un viejo muy canchero, porteño-porteño, que hablaba sobre vinos y comida. La voz salía rasposa y opaca. Emanaba un vozarrón a lo Coco Basile, pero con fraseo de viejo cheto.
Una de esas noches en las que hacía mucho frío del sueño no tuve ni noticias. Mi mente recorrió las horas del fin de semana: rutas, calles y habitaciones. Amigos, familia, el amor. En la radio, Sabatino Arias comenzó a contar la historia del choripán y, después de tanta introducción y paseos por las cien formas de facturarlos, develó el secreto para “amansar” el picante de los embutidos.
Dijo amansar y me encantó.
“Primero agregamos agua en la misma bolsa en la que trajimos los chorizos. Sí, dejamos que rebalse y que se limpie bien. Luego los dejamos en una bandeja honda. Exprimimos tres limones y embebemos el agua con su jugo. Dejamos que el asunto repose”. Hasta ahí, con los ojos cerrados, la imaginación construía cada paso recomendado del viejo.
Y siguió: “Mientras tanto, nos arrimamos a la parrilla y encendemos el fuego con papel de diario y madera de cajón. Nunca es malo acompañar el asunto con un vino, el que prefiera, y amenizar la espera”. Nunca pensé que la radio podía influenciar las ganas de comer un choripán. Arias continuó con su biri-biri parrillero y apenas oí un “con cuarenta minutos de brasas y fuego, está bien, pruebe y otro día me cuenta”, y me dormí.

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