En el papel, doblado en cuatro y fechado en 2018, se lee:
«Pude volver, pero desistí. Pude decidir, como pude muchas veces prescindir y ser como un fantasma asustado o perdido. Pude hacer que las agujas marquen más que el tiempo y pude dividir cada minuto en pequeñas eternidades profundas y tan superfluas, olvidables. Pude entender y no entender, pero pude al fin dar la orden de hacer que las cosas (y el tiempo) corran como río, hasta el cauce. Pude ahogarme hasta optar por nadar y flotar, conciente de la hora; del “nada todavía”.»
Más abajo, en el dorso, sigue:
«Pude sentir que veía la tierra, lejos-lejos, y parecía convencido de que era su suplicio hacerme la idea de asentar los pies en lo firme. Pude aprender a esperar y si quiero, espero al revés; puede ser una pérdida de tiempo. Pude esperar y que cada deseo, cualquier deseo, se imprima de tanto sentido: en la mente, en la piel, en la panza. Pude ahuyentarlos, pero dos por tres vuelven, pero pude otras veces hacer como que no pasaba nada. Puede ser un salvavidas; seguro va a perder presión».
Sobre el margen izquierdo, finaliza así: “Perdoname. Puedo estar equivocado”.
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