Cuando en 2009 volvió el servicio de trenes a la estación de Salvador María, mamá estaba muy contenta. Por eso, tenía cualquier excusa para recomendar distintos horarios, combinaciones con el colectivo, ya sea de ida o de vuelta, domingos o feriados.
Para ella el tren es parte de su vida. Varias mudanzas en varios pueblos del país; base en Ernestina y las raíces en Salvador María, donde el abuelo fue jefe de estación durante más de diez años. Hasta casarse, la estación fue su hogar. Toda la historia de mamá la explica una memoria repleta de máquinas, vagones, personas y sus vidas.
Hay una anécdota de cuando un día a la hora de la siesta se escapó y fue a pescar con unos chicos al puente de la vía y se cortó la mano con una lata de durazno. Llegó con la mano bañada en sangre y tuvo en vilo a los abuelos. Cuando todo se calmó recibió flor de reto del abuelo y varios días sin salir por órdenes de la abuela.
Si pienso en la estación reaparecen imágenes como en un carretel sepia: los carteles de presentación de Salvador María, los galpones infinitos, los pajonales al costado de las vías.
Más tarde y con los abuelos en su casa propia, visitaba la estación para ir al kiosco de la vieja Maglio. Ahí, donde antes estaba una de las oficinas del abuelo se amontonaban cajas de golosinas y podía digerir la sensación de estar en un espacio que alguna vez sentí como propio. El cierre del servicio en los noventa dejó pedazos de fierros oxidados en todo el predio. Cuesta pensar que alguna vez aquellos planos estuvieron llenos de colores.

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