Quise que muchos momentos duraran para siempre y quise que otros terminaran como los sueños a la madrugada. Quise acercarme y quise que el fuego me queme y me enseñe a sobrevivir. Si quema no hay que correr, ahí está el universo y también el todo y la nada. Algo hay que dicta el curso del río interno, la sangre, el pasado; las cadenas y las no cadenas.
Nadie advirtió que la libertad es eterna. Salvo dentro, cuando anda todo mejor que los otros que sufren o padecen. Aquel otro también soy yo y el mundo que piso. Por qué no miro al sol cuando se estaciona, como en exclusiva, expandido. Por qué en el campo, a eso de las seis, la tarde se siente como una despedida naranja, con halos tristes de tan sinceros.
Quise todas esas tardes terminar en casa; con estufa o al reparo exterior. En la vereda teníamos paz y luces cuando se cortaba con los rayos. Quise que pare de llover y una noche pasó. Supe que no eran superpoderes ni magia ni macumba. La lluvia pasa y avisa que está.
Las valijas viajan solas, conocen paisajes internos. Se suspenden en el tiempo, en la oscuridad. Cada baúl las arropa, resguardan los sonidos, que tapan recorridos en plena soledad. Cierre hermético, sombra y pasado de ropas. Contemplación, ruido y silencio. Llegada presurosa. Claridad y búsqueda errada, y de nuevo el negro que acostumbra el cierre y otro viaje más. Llegadas, partidas y fin, que anuncian el continuado de maravillas y otros cuentos con finales templados.

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