Quise que muchos momentos duraran para siempre y quise que otros terminaran como los sueños a la madrugada. Quise acercarme y quise que el fuego me queme y me enseñe a sobrevivir. Si quema no hay que correr, ahí está el universo y también el todo y la nada. Algo hay que dicta el curso del río interno, la sangre, el pasado; las cadenas y las no cadenas.
Nadie advirtió que la libertad es eterna. Salvo dentro, cuando anda todo mejor que los otros que sufren o padecen. Aquel otro también soy yo y el mundo que piso. Por qué no miro al sol cuando se estaciona, como en exclusiva, expandido. Por qué en el campo, a eso de las seis, la tarde se siente como una despedida naranja, con halos tristes de tan sinceros.
Quise todas esas tardes terminar en casa; con estufa o al reparo exterior. En la vereda teníamos paz y luces cuando se cortaba con los rayos. Quise que pare de llover y una noche pasó. Supe que no eran superpoderes ni magia ni macumba. La lluvia pasa y avisa que está.
No perturba la calma, acecha la culpa, se obstina el ensueño. El ángel no teje ni protege, escucha. Deambula, quizá: nadie sabe si es verdad. ¿Por qué los ángeles no nadan de espalda? Las alas no sirven más que para frenar o de última flotar, pero se mojan y, como las rocas, no pueden decir palabra. El pájaro nadó el pez corrió y el perro carreteó. Mientras —tranquilo avezado y dormido—, el gato camina: es jefe, patrón y esclavo cuando quiere o llega el dueño.

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