En el sueño el vértigo es igual a cuando desde el borde de la pileta me hundo en posición huevito y doy toda la vuelta en el fondo del agua. El cuerpo queda agitado, pero la sensación de placer corre como en claro remanso o descanso en la montaña, y llega.
Son recurrentes los sueños con piletas.
Uno cae y cae y va cayendo y la caída sigue y continúa una pausa —la sensación de pausa— como en la vigilia y el desplazamiento en el espacio entre el colchón y el aire que pasa. Así la elevación —lo que levita— imprime el sello de ser inoportuno ante la gravedad (de las pocas leyes de cumplimiento obligatorio).
Una ley —despierto o en sueños— que iguala. Se repite en siestas de almuerzos pesados o en las noches que dejaron de hacer imposible la multiplicación de los días.
Resultan recurrentes los sueños con piletas.
Cada figura —en el sueño o en los vuelcos del borde— reaparece y se posiciona como clave única del vértigo confortable. El espacio, la pausa y el regreso de eso que viene y va, huye. Acaso en los sueños el tiempo tampoco usa la gravedad.

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