Los problemas llegaron después. En la habitación y con parlantes de madera y una antena especial que sintonizaba Rock & Pop, el sol de los sábados a la mañana y de todos los días llegaba distinto. El mundo era analógico. Las cosas ocurrían, como ahora, al mismo tiempo, pero no había tantas antenas ni pantallas ni wi-fi. Entonces, el tiempo y el espacio corrían como sobre un carril que avanzaba, pero que se podía frenar/pensar y rebobinar y transcurría con la lógica del almanaque: ayer, hoy, mañana.
El cambio de las percepciones se nos dio de modo paulatino, aunque sufrimos el impacto: aquel “antes” estaba ordenado y las acciones procuraban funcionar en distintos escalones. Las horas estaban partidas: había horarios (los del colegio, las siestas o no siestas, los de después de la cena con la televisión), todos juntos y como otros, al mismo tiempo; después dormir y así. Como el almanaque, esa realidad de clasificación y esperas se intercaló al espacio-tiempo, pero en simultáneo.
Ejemplo I. En junio de 1994 quedó marcado un momento especial: fue el último Mundial de Diego Armando Maradona. El debut en Estados Unidos contra Grecia es el primer recuerdo vívido de un día en particular, en la escuela donde se imprimieron recuerdos y aprendizajes sobre otras dimensiones más allá de las paredes de casa. Esa mañana supimos que nuestra acción, la de ver el partido en un televisor de 29” para más de cien chicos, estaba también sucediendo ahí y en todas partes del mundo. Al otro día, el diario llegaba en papel y tenía sus momentos: el de leer las noticias y configurar eso de entender el mundo con no más de tres fuentes: la radio, la televisión y los diarios.
Ejemplo II. Las impresiones que llegaban en papel eran un soporte perdurable. En casa y en muchas casas se tenía por costumbre atesorar recortes de los diarios o las revistas. Es decir, el tiempo tenía un aquí y ahora, una especie de línea, con proyecciones más o menos planificadas. Y toda esa madeja ocupaba lugar. El archivo se guardaba en cajas o en bolsas gruesas en lo más alto del ropero. Y así obtenían su lugar, como un destino inamovible.
Ejemplo III. Los viejos de otros tiempos nos contaron que para saber si les tocaba hacer la Colimba, escuchaban la radio para enterarse. El destino, en un aquí y ahora, estaba sujeto a un soporte indestructible como el aparato radio. En el trabajo o en la escuela Secundaria, apenas un puñado de aparatos informaban el futuro libre o la libertad pausada del Servicio Militar. En fin, a nosotros no nos tocó la Colimba, pero sí la televisión a color que, además, conectaba a través de horarios fijos. Es decir, si por cualquier motivo alguien se perdía una película o programa, había que buscar a esos otros que sí lo habían hecho y preguntar y esperar e imaginar su relato y construirlo con el universo prefigurado de imágenes y sonidos mentales. Era la única oportunidad de enterarse: dar con un otro que estuviera dispuesto a contar con detalles. Esa era la interacción. Había que hacer contacto.
Ejemplo IV. Con el arribo de Internet el tiempo se volvió múltiple y el espacio real, cada vez más innecesario. Antes había que ir, esperar, hacer fila. Ahora no hace falta salir de las zonas habitables para tener “contacto”. Esa multiplicidad nos fue transformando. Ya no hacía falta esperar para revelar las fotos de cualquier evento social. Mirar fotos era también la costumbre de ver los episodios de la vida con los cambios lógicos. Esto era: verse y ver a los demás con un delay importante: fotos del cumpleaños anterior, pero vistas al año siguiente. Ya no entraba el buzo aquel o la camisa de cumpleaños, pero los relojes continuaban con sus marcas circulares.
Ejemplo V. Después, que es hoy, todo lo que antes necesitaba recorridos espaciales, distancias y todos los medios para llegar y estar en los lugares, se esfumaron. Hoy ni el clima cumple con sus costumbres y en invierno se suman los calores. Abrumados de pantallas, con la sensación de un aquí y ahora que no pone el cuerpo más que para la foto o el video del momento —si total mañana desaparece — el mundo viaja apurado. Ahora lo analógico, que siempre sobrevive en los libros, en las películas, inclusive, con las series, se pueden ver/leer de a uno al mismo tiempo, es decir, de a uno por vez, como en las filas del cajero.
Por sortilegio o infortunio, las cosas pasan igual que siempre aunque las figuramos en tiempos del “todo-junto” y, todo junto y al mismo tiempo, tiende a apabullarnos, a invadirnos hasta en el baño con noticias sin mañana, porque nacen, llegan, se reproducen y mueren apenas en algunas horas. Se gastan como piedras entre los rieles.

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