Cuando era chico, al menos una vez por mes, mamá y la abuela visitaban a su amiga Teresa. Ella era amorosa, simpática y la mejor anfitriona del mundo. Sus meriendas tenían galletitas con dulce de leche o manteca y tostadas con queso.
Mamá, Nené y Teresa conversaban sin parar, siempre tenían temas para que el atardecer las encontrara todavía con el mate y todo el piripipí. Algunas veces cruzaban a la casa de Olga, hermana de Teresa. Ahí estaban sus hijos, Martín y Luciano.
Como eran mucho más grandes que yo me hacían chistes, como: “Félix, ¿estás tristex?” u “Hola, Infelíx”. Siempre pensé desde abajo sobre que eran medio pavotes, pero nunca dije nada. Hasta el día que sí los mandé a la mierda.
Ni bien llegamos a lo de Teresa uno dijo que me iban a regalar una gorra de Batman. Más tarde fuimos hasta la casa, me la dieron, me la probé y después me dijeron que en realidad no me la podían regalar. Corrí hasta la casa de Teresa y en el camino los mandé bien al carajo.
Las valijas viajan solas, conocen paisajes internos. Se suspenden en el tiempo, en la oscuridad. Cada baúl las arropa, resguardan los sonidos, que tapan recorridos en plena soledad. Cierre hermético, sombra y pasado de ropas. Contemplación, ruido y silencio. Llegada presurosa. Claridad y búsqueda errada, y de nuevo el negro que acostumbra el cierre y otro viaje más. Llegadas, partidas y fin, que anuncian el continuado de maravillas y otros cuentos con finales templados.

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