Charango, pelo largo enrulado, metro cincuenta. Voz rasposa de whisky barato y cigarro. Sin verlo, uno podría pensar que el apodo y sus modales eran los de un tipo grandote, pero no. Charango tenía movimientos rápidos: no paraba de fumar y darle tragos a la botella culona de whisky a cada rato. Estábamos de pesca en el río Salado, zona Carboni. Ahí lo conocí a Charango. Aquel sábado caluroso no salían los pescados. Charango decía: “Es porque estos bichos duermen la siesta” y se mataba de la risa. Lo cierto es que el sol nos quemaba parejo a eso de las tres de la tarde. El río Salado corría con fuerza y decidimos volver al rancho, hacer unos mates a la sombra e intentar más tarde. Recogimos las líneas, pero Charango dejó su caña sujetada a un haragán. Los mates se extendieron. Cada dos por tres, Charango le daba besos cada vez más largos a su botella. Por el calor y la bebida, quedó brilloso. No dejaba de mirar su caña que reposaba a lo lejos, hasta que nos avisó que vio que un ti...
Un poco de ficción para tiempos rotos