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Mostrando las entradas de septiembre, 2026

Dos batipavotes

  Cuando era chico, al menos una vez por mes, mamá y la abuela visitaban a su amiga Teresa. Ella era amorosa, simpática y la mejor anfitriona del mundo. Sus meriendas tenían galletitas con dulce de leche o manteca y tostadas con queso. Mamá, Nené y Teresa conversaban sin parar, siempre tenían temas para que el atardecer las encontrara todavía con el mate y todo el piripipí. Algunas veces cruzaban a la casa de Olga, hermana de Teresa. Ahí estaban sus hijos, Martín y Luciano. Como eran mucho más grandes que yo me hacían chistes, como: “Félix, ¿estás tristex?” u “Hola, Infelíx”. Siempre pensé desde abajo sobre que eran medio pavotes, pero nunca dije nada. Hasta el día que sí los mandé a la mierda. Ni bien llegamos a lo de Teresa uno dijo que me iban a regalar una gorra de Batman. Más tarde fuimos hasta la casa, me la dieron, me la probé y después me dijeron que en realidad no me la podían regalar. Corrí hasta la casa de Teresa y en el camino los mandé bien al carajo.

Les borá

  El poeta contó que el árbol es la verdad, alimento de los fuegos naturales o alejados. Como el sauce del fondo, como los paraísos del patio, los recuerdos cuelgan de cada árbol conocido. La casa del árbol que soñamos y casi logramos. Los sauces antes de la casa que hoy sombrean y son luz. Los árboles del camino, sus años al frente de vientos, lluvias y rayos que no los impiden. Cada árbol como mensaje del paso de los años, como metáfora desprendida: raíz, copa, tronco. Los árboles como barrios de pájaros anidados, con cantos y señales, parados de pecho al sol. Los árboles caídos que serán llamas en fuegos amigos, sin revisar y que la lluvia los fortalece. Fuego como identidad fuego como furia fuego como forma y filosofía del camino Recuerdo los muchos, extraño algunos aunque todos fueron paz y años de espera.

La importancia de los timbres

  Aquella tardecita nos tocó viajar parados a la vuelta. El pasillo lleno. El colectivo venía cargado de turistas. Pescados. Uno flaco y joven, me dijo: “Yo sé tu nombre. Te llamás…”. Eso me dejó perplejo, con cara de asustado. El flaco lo notó y me avisó que sólo había leído el bordado en la visera de mi gorro. Con mi hermano nos reímos. Al rato comenzó con las preguntas. “¿Dónde se puede acampar?”; “¿En dónde se sacan los pejerreyes?”; “¿Qué horarios y cuántos colectivos?”. Le pasamos todos los datos y lugares a dónde ir a preguntar por el alquiler de botes; dónde comer rico y a buen precio.  El flaco preguntó de dónde veníamos y le contamos que de la colonia de vacaciones municipal, desde cuándo y qué actividades habíamos tenido esa tarde de calor y picnic bajo la sombra de los árboles pegados a la pileta. Después se acordó otra pregunta y le dijimos la calle y cómo era el frente. Entramos en la costanera y fue ahí cuando mi hermano acotó: “En el fondo, al lado de la puerta...

Violeta cercó

  El cerco no se parece: en las películas cuentan con parqueros especiales, acá no hay efectos ni overoles. El verde que llora invierno ya no camufla a las calandrias, ni a las palomas swingers del rincón embaldosado. El sauce llora y se deshoja, sus voltios caídos, son sombra flaca que no suda en verano claro. La especie con pepitas vitales se refleja en contraste; y el violeta gana espacio, cuando el verde muta en marrón. Los tutores se rindieron, vencidos quedaron y, así, el contorno desmejorado luchó contra las uvas flojas.