Cuando el gringo me apuntó, pensé: “Soy hombre muerto”. Bajé la mirada. Mandó a que dejara todas mis cosas en el suelo. Después revisó la mochila y salimos por entre la niebla. A los pocos minutos no me apuntó más. Creí así en que dos tipos en medio de la nada se entienden, los rige un código antiguo. Empecé a mirar el barro en la punta de mis borcegos y pensé en pegar la vuelta. El gringo me llevó despacio y tuvo honor. No sé qué hubiese hecho yo. Le di pena o fueron las órdenes. Pensé en los muchachos y en la libreta Camello. Si no encontraba a Campero, al Flaco Malicia y al Chueco iba a quedarme solo, en la perdición y con todas sus cartas encima. Miré para arriba, avisté el gris del cielo y pensé que el andar tumultuoso de las nubes iba a traer de nuevo la lluvia. El llano sin sol se me reflejó como en un sueño. Una vez en el hangar el gringo se mezcló con los suyos y lo perdí en el verde. Su cuerpo en la multitud de soldados lo hizo otra vez un hombre que se corrió de su...
Un poco de ficción para tiempos rotos