Julio no era mal patrón, pero cada vez que le pedíamos un aumento, nos decía: “Les doy trabajo, comida ¿Qué más quieren?”, a lo que nosotros le respondíamos: “Pero no nos alcanza, Julio”. Y él seguía: “¿Qué más quieren? Les doy comida, los llevo y los traigo”. Al final, nos mandaba a negociar con Blanca, su esposa, y siempre nos volvíamos contentos.
Julio se prendía con nosotros a la hora del mate, al mediodía hacía unas chuletas al disco o a la parrilla. Con él aprendimos el oficio de alambrar.
Una tarde de verano, los mosquitos estaban en temporada alta y ni el humo con hojas de eucaliptos los espantaba. Julio tenía un frasco chico de repelente líquido, pero siempre escondido en la cabina de la camioneta.
Esa tarde uno lo encontró y mientras el viejo se fue al monte a “bustear”, nosotros le gastamos todo el líquido. “¿Y ahora qué hacemos?”, pregunté. Liche sonrió, lo destapó y comenzó a mearlo. El frasco quedó al mismo nivel que cuando lo atacamos.
Más tarde, Julio fue hasta la camioneta y más contento que perro con dos colas, destapó el frasco. Nosotros nos escondimos atrás de unos eucaliptos y a las risas escuchamos los gritos de Julio que envalentonado le cantó al zumbo del mosquiterío: “¡Piquen ahora, piquen!”.

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