Ir al contenido principal

Repelente

 


Julio no era mal patrón, pero cada vez que le pedíamos un aumento, nos decía: “Les doy trabajo, comida ¿Qué más quieren?”, a lo que nosotros le respondíamos: “Pero no nos alcanza, Julio”. Y él seguía: “¿Qué más quieren? Les doy comida, los llevo y los traigo”. Al final, nos mandaba a negociar con Blanca, su esposa, y siempre nos volvíamos contentos.

Julio se prendía con nosotros a la hora del mate, al mediodía hacía unas chuletas al disco o a la parrilla. Con él aprendimos el oficio de alambrar.

Una tarde de verano, los mosquitos estaban en temporada alta y ni el humo con hojas de eucaliptos los espantaba. Julio tenía un frasco chico de repelente líquido, pero siempre escondido en la cabina de la camioneta.

Esa tarde uno lo encontró y mientras el viejo se fue al monte a “bustear”, nosotros le gastamos todo el líquido. “¿Y ahora qué hacemos?”, pregunté. Liche sonrió, lo destapó y comenzó a mearlo. El frasco quedó al mismo nivel que cuando lo atacamos.

Más tarde, Julio fue hasta la camioneta y más contento que perro con dos colas, destapó el frasco. Nosotros nos escondimos atrás de unos eucaliptos y a las risas escuchamos los gritos de Julio que envalentonado le cantó al zumbo del mosquiterío: “¡Piquen ahora, piquen!”.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Baúles y valijas

  Las valijas viajan solas, conocen paisajes internos. Se suspenden en el tiempo, en la oscuridad. Cada baúl las arropa, resguardan los sonidos, que tapan recorridos en plena soledad. Cierre hermético, sombra y pasado de ropas. Contemplación, ruido y silencio. Llegada presurosa. Claridad y búsqueda errada, y de nuevo el negro que acostumbra el cierre y otro viaje más. Llegadas, partidas y fin, que anuncian el continuado de maravillas y otros cuentos con finales templados.

Primeros libros

     En 45 días de reposo me hice lector. Comencé con vómitos y dolores de cuerpo, pis marrón. El doctor diagnosticó hepatitis. Era invierno y para no estar aburrido en la cama, los viejos me trajeron  revistas viejas y varios ejemplares de Patoruzú. Claro, no estaba acostumbrado a leer tanto, pero el tiempo a disposición jugó un papel importante y a lo largo del día terminaba todo lo que me traían.    Después, en la mesa, papá preguntaba sobre las historias. “Algunas las leí en otra época”, avisaba. Así, los personajes y sus acciones se volvieron como de la familia. Al terminar cada ejemplar, pensaba: “Entonces puedo”.    Más tarde, curado de la hepatitis, el gusto por los libros creció. El primer intento fue con uno de Cortázar que saqué de la biblioteca del pueblo, pero el tiempo de devolución me quitó las ganas. Solo recuerdo haber leído “Axolot”. Después, llegó la primera novela: “Robinson Crusoe” de Defoe. Costó, pero una noche, después de l...

Siesta de ángel

No perturba la calma, acecha la culpa, se obstina el ensueño. El ángel no teje ni protege, escucha. Deambula, quizá: nadie sabe si es verdad. ¿Por qué los ángeles no nadan de espalda? Las alas no sirven más que para frenar o de última flotar, pero se mojan y, como las rocas, no pueden decir palabra. El pájaro nadó el pez corrió y el perro carreteó. Mientras —tranquilo avezado y dormido—, el gato camina: es jefe, patrón y esclavo cuando quiere o llega el dueño.