Las tranqueras funcionaban
a modo de portales:
cielo abierto, paz
y campos verdes.
La aventura en cada mano,
entre boulevares grises
y los pájaros vecinos,
dio sonora bienvenida.
Tramos poceados, barro
y calores sin color,
nos daban sed profunda
bajo un sauce abrasador.
Sombras y proyecciones
de tonos descuidados,
resplandor pesado con
foco desfigurado.
Sueltos los caballos,
libre el toro,
atento el tero,
asaltado y rencoroso.
En las horas de sol picante
el agua de molino
salvador y maquinal
hacía fiesta en la llanura.
Nidos de cotorras infinitos,
enjambres y carabanchel
que en lo alto proyectaron
los sonidos salvajes.
La calma llegó cuando
la tarde cerró sus puertas
y el aroma a campo
en el cuello se nos pegó.
Ni el fuego gordo
con ramas sueltas
espantó la curiosidad hasta
que emprendimos el regreso.
Las faltas nos harían volver
y todo el barrio alegre
quizá recuerde la tarde
que llevamos agua pal calor.

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