En el río me hundí
en el río reí, aunque
a pesar del frío
olvidé aquel río.
En el monte lloré
una vez que la pena
visitó mis ojos,
y al fin mejoré.
En el galpón la tierra
en mis manos terminó,
eso me ayudó
a comprender la espera.
El atardecer en el puente
marcó el camino,
antes y después
del posible destino.
Llegaron los besos,
de a poco el cariño,
y se fue el niño
que antes se hundió.
El tiempo se esfumó,
los soles se gastaron
y las agujas no lograron
reparar en el después.
La distancia fue un faro,
proyección segura
con peso, sin altura
y nervios fatigados.
Las horas se gastaron,
el sol del puente partió
y la noche completa
del sueño se quejó.
Estancado, nublado
el reloj se agotó tardío
con agujas perdidas,
con acento en el vacío.
Cada flor pisada,
cada poste flojo,
no sirven de apoyo,
no sirven, como el oro.
Hundimiento, risa, frío
llanto en el monte
y penas miradas
en la tierra que espera.
Niño hundido, besos
un cariño nuevo
que gastó el tiempo
con agujas y sus giros.

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