Aquella tardecita nos tocó viajar parados a la vuelta. El pasillo lleno. El colectivo venía cargado de turistas. Pescados. Uno flaco y joven, me dijo: “Yo sé tu nombre. Te llamás…”. Eso me dejó perplejo, con cara de asustado. El flaco lo notó y me avisó que sólo había leído el bordado en la visera de mi gorro. Con mi hermano nos reímos.
Al rato comenzó con las preguntas. “¿Dónde se puede acampar?”; “¿En dónde se sacan los pejerreyes?”; “¿Qué horarios y cuántos colectivos?”. Le pasamos todos los datos y lugares a dónde ir a preguntar por el alquiler de botes; dónde comer rico y a buen precio.
El flaco preguntó de dónde veníamos y le contamos que de la colonia de vacaciones municipal, desde cuándo y qué actividades habíamos tenido esa tarde de calor y picnic bajo la sombra de los árboles pegados a la pileta.
Después se acordó otra pregunta y le dijimos la calle y cómo era el frente. Entramos en la costanera y fue ahí cuando mi hermano acotó: “En el fondo, al lado de la puerta hay un timbre. Antes de bajar, lo tocás y el colectivero te abre”.

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