Hubo un año en donde aparecían mesas servidas en cualquier rincón del pueblo. Eso nos daba miedo, sobre todo a quienes nunca las habíamos visto. En la imaginación, uno veía una mesa de patas cortas con mantel, velas y comida dulce y salada en platos y bandejas, pero eso no inspira cagazo.
Los comentarios del pueblo decían que se trataba de magia negra o trampas bobas para las personas con hambre. Hasta el canal local cubrió las apariciones de mesas servidas por todos los rincones del pueblo y también en la ciudad, pero no tenían gracia: las velas estaban consumidas y la comida toda arrastrada por los perros.
Esas imágenes no daban miedo, pero la orden de los mayores, tanto en casa como en la escuela, era que si nos encontrábamos una mesa servida, nos alejáramos y que ni se nos ocurra comer o tomar algo de las mesas servidas cerca de los basureros o en las entradas a los campos.
El miedo mutó en risa cuando Dante, un gordo muy campero, una mañana cruzó las vías y vio que había una mesa servida. Bajó del caballo, miró todo el panorama y se tentó con un paquete de cigarros lleno y seis bombones sobre un mantel. Dante ni recordó los comentarios y dejó la mesa servida vacía.
Años más tarde, en una noche larga en el bar de Pirincho, Dante contó la secuencia. “Yo pasé, hermano, y vi que había unos bombones y me bajé y ahí nomás me mandé tres de parado y el resto, ya montado y derecho para la estancia me fumé como tres Marlborito”.

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