Te dio pena y rencor
el oso embarrado,
pero no frenaste,
aunque sí pensaste
en el niño que ha llorado.
Te engendró tristeza
el perro sarnoso
e imaginaste su
vida anterior,
pero no frenaste.
Tampoco cuando la lluvia
y la niña te recordaron
para siempre el rincón:
te rendiste por rutina,
pero no frenaste.
Alguna vez te oí,
con convicción aseguraste,
que por un perro te detendrías,
pero cruzaste en rojo
y no frenaste.
Dónde quedó el alma limpia,
caritativa que antes pedía
por dios, los pobres y la patria
y ante el puño denigrante,
cambió y ni con avisos frenaste.
Qué diría tu madre,
qué cara pondría tu padre,
cuando no escuchaste que
no se puede llegar más alto
en la acción reciclada.
La mesa te quedó vacía,
sola, triste y ni siquiera
pediste socorro
y el orgullo te venció,
en medio de la noche seca.
Sin remedio, con la luna
en el ventanal reventado,
ni por asomo el vuelco
te obligó: lo pensaste,
pero no frenaste.
No perturba la calma, acecha la culpa, se obstina el ensueño. El ángel no teje ni protege, escucha. Deambula, quizá: nadie sabe si es verdad. ¿Por qué los ángeles no nadan de espalda? Las alas no sirven más que para frenar o de última flotar, pero se mojan y, como las rocas, no pueden decir palabra. El pájaro nadó el pez corrió y el perro carreteó. Mientras —tranquilo avezado y dormido—, el gato camina: es jefe, patrón y esclavo cuando quiere o llega el dueño.

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