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Entradas

Historias del agua I

     Esa mañana viajamos más de media hora hasta llegar al molino. En el camino escuchamos la radio y papá me explicó que las vacas estaban sin agua desde hacía más de diez días. Llegamos, abrí la tranquera y observé que a lo lejos, cerca del bebedero, unas cien vacas corrían por el camino que llegaba hasta la entrada. Cerré la tranquera y meamos al costado de la camioneta. Subimos y a unos doscientos metros las vacas estaban sobre el camino. Cuando estábamos más cerca se abrieron y estacionamos cerca del bebedero. Bajamos y toda la tropa sedienta nos miró en silencio, curiosas. El viejo dijo “como si supieran”.    El bebedero estaba todo tapado y no había viento. Bajamos la garrafa y pocos minutos después, papá subió al molino para hacerlo girar y sacar agua. Entonces, las vacas comenzaron a mugir en señal de agradecimiento. Pero el agua no subía hasta el tanque del molino. El viejo continuó haciendo piruetas y girando en lo más alto.     Las vac...
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Historias del agua II

     Una mañana acompañé a papá a la casa de una familia del campo a colocar un calefón. Nos recibieron con mates y torta fritas y a eso de las diez el viejo comenzó a calar las paredes del lavadero. La casa era un tanto vieja y la familia, se notaba, la estaba acomodando de a poco.    Yo quedé sorprendido cuando la mujer dijo muy contenta que ahora iba a poder estar más tranquila. “El calefón eléctrico era un peligro”, contó. “Si no saltaba la térmica, era la humedad o que alguno de los chicos se quedara, ay mi Dios, pegado”, narró.     El viejo le enumeró una lista con los nuevos beneficios: agua caliente siempre, muy a diferencia del termotanque que hay que esperarlo y muchos tardan mucho para recuperar temperatura; los repuestos del calefón son más baratos, en fin. La señora llamó a su marido y a sus hijos. “Ahora Alberto abre y va a salir caliente”, les anunció. No cabíamos en el lavadero.     Un rato más tarde, el calefón esta...

Templanza de los pájaros

    Algo saben los horneros y, aunque no usen calendario, entienden el ciclo del paso de los días. ¿Cuánto viven? Más de un año, seguro. La casa del poste de luz cerca del patio la hicieron en varios tramos, les llevó más de tres meses. En ese entender, cada vez que el día amaga de a poco a estirarse, la pareja de horneros sigue con las tareas de recolección de bichos y pastos que, en varios viajes, suben hasta su hogar en obra. Así todas las mañanas y tardes. Son equipo.    Los sábados, a eso de las diez de la mañana, los humanos tomamos mate, vivimos sentados o de acá para allá, distraídos con pantallas. En cambio, ellos dedican el aire de las mañanas a la procura de alimentos. Recolectan toda clase de bichos que no llegan jamás a salir a la superficie plana por encima de las raíces. Cuando los horneros trabajan, los insectos se convierten en sus presas. El mismo modo usan para juntar los palitos que funcionan como ladrillos. La familia los traslada con apuro antes...

Brilla un té

  En el despeje en la costumbre que anda y flota por ahí, el rumor se expande.   Si amanece, nace cuando es tarde brilla un té voz nocturna, indiscute.   De tanto cielo el reflejo de lejos presta a ver allá se fugó la luz.   El tronco oscuro sombra que cubre barro y pasto, en tanto comida e´pájaro.   De pronto atardece y fuga el alma, el pecho, el techo que de alto no cae.   Si el marco rezonga al clavo, el ladrillo se despinta, y si dura, es cemento.

Invierno interno

  El verde rebalsa bajo llama, sube y sube y reposa, mientras el sol renace y cada flor respira.   El aroma envuelve: la cocina la mesa, el mantel, la nariz. Como sin permiso y de modo químico, se esfuma.   El calor viaja cara abajo y cada tripa despierta, se agrieta, recorre tramos sin freno y reposa como agua, como tanque.   Nuevo trago, nueva vida, vieja memoria que viaja sin más acá, sin cielo que reluce lejano, ambiguo.   Cada espacio ahora siente calor de invierno interno sobre el pensamiento clave, del día que arrancó.  

Hijo vencido

  Durante la primera noche desde el regreso todavía le sonaban los bombazos y veía luces en la oscuridad. Su madre le cumplió el deseo que viajó en la única carta que les llegó en tres meses: quería la cama con sábanas limpias y dos frazadas. La madre se imaginó y pudo aprestarse al sueño. Con el hijo en casa el padre hizo asado a la familia, pero él comió poco y nada y se fue a la cama con el pelo mojado. Nadie dijo nada. Levantaron la mesa y veinte minutos después, la casa quedó apagada y en silencio. Sábanas frescas y dos frazadas y ruidos viejos y gritos pelados y voces del desgarro. El viaje a oscuras, un baño apenas, las heridas. Los días en el cuartel. Los asados sin tenedor ni cuchillo. Vino caliente y chacareras mustias. En las noches consecuentes no hicieron falta frazadas. La madre se acercó a apagar el velador y la radio. Acomodó las sábanas y corrió las frazadas que sobraban. La madre se retiró del cuarto y se quedó sola en la cocina. Tomó la pastilla, prendió un cigar...

Libres las cotorras

    Esto fue en la época que andaba en el camión. Al principio me gustaba estar algunos días fuera de casa, pero con el tiempo y los kilómetros y kilómetros, me di cuenta de que la ruta no era para este servidor. La señal llegó una vez, viajando de noche encima. Había viajado todo el día y, con ese berretín de los camioneros, quería llegar como sea. No venía bien del sueño y en un tramo en el que no andaba nadie, vi cómo que se cruzaban tres elefantes y hasta se me fue el pie al freno. Pero no era esto lo que quería contar. Hace poco me acordé de mi vieja y se me cruzó el día que le compré dos cotorras. El tipo que me las vendió las metió en una caja de zapatos con agujeros y se ve que andaban cansadas, pensé a la vuelta, porque durante las cuatro horas hasta a mi casa ni las escuché. Llegué y las puse en la jaula que había en el zaguán. Mi vieja se levantó de la siesta y no me dijo nada. Le pregunté si le había gustado el regalo. “¿Qué regalo?”, dijo sorprendida. Le conté que...