El viejo Vicente tenía una casa en La Laguna. El viejo Vicente vendía damajuanas de vino Talacasto y jugos Mocoretá. Era un cliente de papá, de los de siempre. De ojos saltones, gordo de más de cien kilos, con la piel rosada por la presión y las canas con rulos mal recortados. Hablaba amontonado y a las puteadas, como a punto explosión.
Vicente tenía un patio con piso de cemento, una bomba sapo y una planta de duraznos. Una tarde de calor Vicente me dijo que bajara todos los que quisiera, que estaban al fondo del terreno. “Están espectacular, querido”, me avisó y encaré al duraznero y le hice caso: bajé cinco. Al rato el viejo Vicente me avisó que tuviera cuidado con los carozos, que eran muy chicos, pero yo ya me había tragado cuatro.
A veces destilaba tinto por el cuello Vicente. Usaba remeras ajustadas en la panza. Respiraba como agitado en pleno ronquido siestero y tenía expresiones de porteño de barrio. Tenía salidas como: “Hay algunos que usan las eses pa’ nasta y tasi”. Vicente se paraba en el portillo del frente de su casa con la mirada puesta en la calle, en busca de alguna que otra novedad o movimiento. Cuando pasaba algún vecino en moto o en auto, él decía por ejemplo: “Chau, Joséeee… chau, chau… andá a la puta que te parió”, en tono de buen ciudadano. Nosotros no podíamos parar de reírnos. Tenía esa costumbre Vicente.
Otro día con pinta de sábado, papá me pidió que lo acompañara de nuevo a lo de Vicente. Era media mañana y Vicente estaba con los mates en el patio. Llegamos y nos acomodamos en la mesa de piedra. El viejo tenía el pago listo y cebaba los verdes con una cucharada de azúcar por tiro. A un costado de la parra los envases vacíos de damajuanas con canasto resistente habían invadido el patio.
Al rato y después de varios mates fríos de palos flotantes, Vicente fue hasta adentro y trajo una caja marrón. La volcó sobre la mesa de piedra y cayeron más de cincuenta relojes pulsera de plástico, digitales, súper modernos. “Por todo lo que ayudaste con los trabajos del pozo para tener agua”, me dijo. “Elegí el que vos quieras”. El lunes en el colegio mi nuevo reloj quedó sincronizado con los de mis amigos. Era digital.
Vicente tenía un patio con piso de cemento, una bomba sapo y una planta de duraznos. Una tarde de calor Vicente me dijo que bajara todos los que quisiera, que estaban al fondo del terreno. “Están espectacular, querido”, me avisó y encaré al duraznero y le hice caso: bajé cinco. Al rato el viejo Vicente me avisó que tuviera cuidado con los carozos, que eran muy chicos, pero yo ya me había tragado cuatro.
A veces destilaba tinto por el cuello Vicente. Usaba remeras ajustadas en la panza. Respiraba como agitado en pleno ronquido siestero y tenía expresiones de porteño de barrio. Tenía salidas como: “Hay algunos que usan las eses pa’ nasta y tasi”. Vicente se paraba en el portillo del frente de su casa con la mirada puesta en la calle, en busca de alguna que otra novedad o movimiento. Cuando pasaba algún vecino en moto o en auto, él decía por ejemplo: “Chau, Joséeee… chau, chau… andá a la puta que te parió”, en tono de buen ciudadano. Nosotros no podíamos parar de reírnos. Tenía esa costumbre Vicente.
Otro día con pinta de sábado, papá me pidió que lo acompañara de nuevo a lo de Vicente. Era media mañana y Vicente estaba con los mates en el patio. Llegamos y nos acomodamos en la mesa de piedra. El viejo tenía el pago listo y cebaba los verdes con una cucharada de azúcar por tiro. A un costado de la parra los envases vacíos de damajuanas con canasto resistente habían invadido el patio.
Al rato y después de varios mates fríos de palos flotantes, Vicente fue hasta adentro y trajo una caja marrón. La volcó sobre la mesa de piedra y cayeron más de cincuenta relojes pulsera de plástico, digitales, súper modernos. “Por todo lo que ayudaste con los trabajos del pozo para tener agua”, me dijo. “Elegí el que vos quieras”. El lunes en el colegio mi nuevo reloj quedó sincronizado con los de mis amigos. Era digital.

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