Recuerdo los tramos,
las partidas y
sus reiteraciones.
Reconozco paisajes:
me hundo, no pienso
y de nuevo soy.
Asumo cada retazo
de vida que partió y
me dejó reseco.
Concuerdo con la piel
que es alarma de
muecas y sentimientos.
Analizo volver y
corregir, pero no,
lo imposible arrasa.
Pienso en dejar
que las cosas sean,
como lo deseen.
Siento, entonces,
y el pecho deriva
en inflamación precoz.
Presiento lo peor o
quizá sea miedo
impreso, avejentado.
Escucho voces que
no cesan y son
un pasillo interminable.
Amplío el espectro,
mis ojos abiertos
preparados están.
Desbordo de ansiedad,
pero no resulta:
todo es recuerdo.
Sueño con esas memorias,
abro alas y ojos y
narices: no hay fin.
No perturba la calma, acecha la culpa, se obstina el ensueño. El ángel no teje ni protege, escucha. Deambula, quizá: nadie sabe si es verdad. ¿Por qué los ángeles no nadan de espalda? Las alas no sirven más que para frenar o de última flotar, pero se mojan y, como las rocas, no pueden decir palabra. El pájaro nadó el pez corrió y el perro carreteó. Mientras —tranquilo avezado y dormido—, el gato camina: es jefe, patrón y esclavo cuando quiere o llega el dueño.

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