Nadie se olvida de jugar por más años que hayan pasado. El cuerpo tiene una memoria tioca y si a cualquier persona que le llega una pelota, cumple con el código número 1 de esa dichosa invención humana.
El código:
Todo individuo se siente con la responsabilidad y la obligación de devolverla con alguno de sus pies, hábil o no hábil.
Otro código:
En otro orden, es que todo individuo se precia de tener algún recuerdo con goles y jugadas de algún picado. Mi amigo Marcos tiene el suyo.
Su relato:
“Tengo el recuerdo pintado. Fue en un campeonato de esos que se hacían allá en Villa Jardín, es decir, fue un partido de hacha y tiza, por el honor de defender la camiseta. Así que íbamos ganando la final por un gol y me acuerdo la sensación de cagazo de saber que ya se terminaba y que en cualquier momento podíamos quedarnos sin nada”.
El final:
“Y vino un córner para ellos y hubo varios rebotes y otro córner de vuelta y nuestro arquero la rechazó de un puñetazo, pero la pelota quedó un poco más allá de la medialuna y yo que estaba en un palo la vi venir. Se hizo un silencio bárbaro y con la pierna cambiada la reventé con un chanfle y ahí nomás el juez terminó el partido. Me ardía la pata”.
No perturba la calma, acecha la culpa, se obstina el ensueño. El ángel no teje ni protege, escucha. Deambula, quizá: nadie sabe si es verdad. ¿Por qué los ángeles no nadan de espalda? Las alas no sirven más que para frenar o de última flotar, pero se mojan y, como las rocas, no pueden decir palabra. El pájaro nadó el pez corrió y el perro carreteó. Mientras —tranquilo avezado y dormido—, el gato camina: es jefe, patrón y esclavo cuando quiere o llega el dueño.

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