El primer día del colegio estábamos todos muy asustados. La señorita Viviana nos contó sobre la diferencia de primer grado con el jardín. Cuando tocó la campana del primer recreo el curso completo completo agarró sus mochilas, hasta que la seño avisó que no era hora de irnos a casa. “Al patio, al recreo”, dijo. Nos miramos un poco desconfiados, pero así y todo salimos pensando en las mochilas y los útiles nuevos.
El patio, que no era el mismo sin la señorita Laura del jardín, me pareció muy grande y vi al resto re grandes. Eran los mismos que siempre andaban en la calle o en la canchita La Valentina, frente a casa. Naza, el Chino, la Patuta, Romina, el Colo, el Mosquito… parecían tan grandes. Me acuerdo que en un recreo la Patuta me ayudó a poner en hora mi reloj digital.
Ese año aprendí a escribir y después a leer casi de corrido. Completé una historieta en donde un chico había roto el vidrio de una ventana. En la viñeta puse: “Eso no hace carajo”. La seño Viviana se rió y me llevó a la Dirección, donde Irma, la directora, me felicitó y el resto de las maestras también. Después, Irma me explicó que carajo no era una mala palabra, sino la parte más alta del barco. Cuando volví a casa ya sabían todo. Creo que ese año empezó todo.
Las valijas viajan solas, conocen paisajes internos. Se suspenden en el tiempo, en la oscuridad. Cada baúl las arropa, resguardan los sonidos, que tapan recorridos en plena soledad. Cierre hermético, sombra y pasado de ropas. Contemplación, ruido y silencio. Llegada presurosa. Claridad y búsqueda errada, y de nuevo el negro que acostumbra el cierre y otro viaje más. Llegadas, partidas y fin, que anuncian el continuado de maravillas y otros cuentos con finales templados.

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