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Un recuerdo de madera

 


Mi abuelo Pepe me hizo dos regalos inoxidables. El primero fue una camiseta de River, a los pocos días de nacer. Años después, cuando estaba en tercer grado, el segundo: una cartuchera de madera que mandó a hacer con un carpintero amigo. Rectangular, marroncita, barnizada que en la tapa tenía una manija que se deslizaba sin hacer ruido como las de lata. Abrí el papel y quedé encantado. Mi abuelo se jugó con el regalo, pero —y remarco que era como la gente de antes, silencioso— la envió a la escuela con el carpintero. A mí me la dio Susana, la portera. Hace poco vi esta foto y pensé en el abuelo y repetí lo mismo que sentí con guardapolvo blanco: “¿Por qué no me la alcanzó él?”. Al año siguiente las cartucheras de madera se pusieron de moda. Cuando le agradecí, sólo deslizó un “no hay de qué”. 

Quizá si el abuelo hubiese sido yo, la llevaba hasta la puerta de la escuela. Pero a Pepe le salió así. Él era así: se empacaba cuando lo cargaban si perdía el Millonario. Sufrió horrores cuando mi tío le puso “¡Viva Boca!” en un graf de su TV Grundig o cuando en el bolsón de jubilado le pusieron una yerba de Boca que se venció en su aparador. Se quedaba serio, pero nunca decía nada. No puedo cuestionar su capacidad de dar amor ni sus silencios comunicativos. 

Hoy, cada vez que huelo madera vuelvo en el tiempo y siento que todo está en su lugar: el abuelo callado y yo al lado, cerca de la estufa hogar en la casa que levantó con sus propias manos. También recuerdo que una mañana de sábado me llevó a cazar a un campo cercano a su casa, tiró tres tiros y no pegó ninguno. Cuando volvimos, a la sombra de los árboles del patio tomamos unos verdes en su mate de chapa con el escudo de CARP. 

Años después, un domingo en el hogar de ancianos, en la tele del living del lugar estaban pasando River-Chacarita. Cuando mi hermana —vestido rojo, pasos cortitos, sonrisa blanca— caminó hasta él y lo abrazó, Pepe no dijo nada y fue la única vez que lo vi llorar. Hoy, cada vez que River gana y en casa nos abrazamos todos, siento que el abuelo nos mira. Llora, mira y no dice nada.

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