Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas de febrero, 2026

Sueño bordeado

  En el sueño el vértigo es igual a cuando desde el borde de la pileta me hundo en posición huevito y doy toda la vuelta en el fondo del agua. El cuerpo queda agitado, pero la sensación de placer corre como en claro remanso o descanso en la montaña, y llega. Son recurrentes los sueños con piletas. Uno cae y cae y va cayendo y la caída sigue y continúa una pausa —la sensación de pausa— como en la vigilia y el desplazamiento en el espacio entre el colchón y el aire que pasa. Así la elevación — lo que levita— imprime el sello de ser inoportuno ante la gravedad (de las pocas leyes de cumplimiento obligatorio).  Una ley —despierto o en sueños— que iguala. Se repite en siestas de almuerzos pesados o en las noches que dejaron de hacer imposible la multiplicación de los días. Resultan recurrentes los sueños con piletas. Cada figura —en el sueño o en los vuelcos del borde— reaparece y se posiciona como clave única del vértigo confortable. El espacio, la pausa y el regreso de eso que vi...

El sur de la ciudad

  Todavía me pregunto dónde está el imaginario de las canciones; en dónde se alojan esas imágenes que se aparecen como sensación y arman mundos en cada reproducción. No me conforma saber que está adentro. Me sigue la pregunta y algún día sabré de qué forma se entra a la sala de archivos. El imaginario se activa así y los ríos de acordes y armonías tienen colores, personajes y formas, paisajes y caminos. La Diosa Salvaje conduce al cauce y empiezan los fotogramas, se imponen las fotos que se mueven apenas lentas en el medio de los trechos prefigurados por el sonido. El abuelo Pepe fue un hombre morrudo, pelos pirinchos blancos y pocas palabras. Hay una canción que retrata a un anciano que camina y no puede hablar (“El sur de la ciudad”, de Pappo’s Blues). Y piensa y se queda en silencio. El abuelo camina con tranco acompasado, yendo a ningún lugar porque sólo camina. En algunas de las imágenes se lo ve con las manos tomadas en la espalda. Pepe usaba gorra con redes a los costados. A...

Universo sobre rieles

    Los problemas llegaron después. En la habitación y con parlantes de madera y una antena especial que sintonizaba Rock & Pop, el sol de los sábados a la mañana y de todos los días llegaba distinto. El mundo era analógico. Las cosas ocurrían, como ahora, al mismo tiempo, pero no había tantas antenas ni pantallas ni wi-fi. Entonces, el tiempo y el espacio corrían como sobre un carril que avanzaba, pero que se podía frenar/pensar y rebobinar y transcurría con la lógica del almanaque: ayer, hoy, mañana. El cambio de las percepciones se nos dio de modo paulatino, aunque sufrimos el impacto: aquel “antes” estaba ordenado y las acciones procuraban funcionar en distintos escalones. Las horas estaban partidas: había horarios (los del colegio, las siestas o no siestas, los de después de la cena con la televisión), todos juntos y como otros, al mismo tiempo; después dormir y así. Como el almanaque, esa realidad de clasificación y esperas se intercaló al espacio-tiempo, pero en sim...